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Irreverencia sin límites

Del dardo crítico o desternillante de las letras del carnaval no hay quien se haya librado. La compasión es un vocablo que no conocen los autores del carnaval, para los que no existen los tabúes. Se han llegado a meter con el Papa; con la madre -ya fallecida- del Rey por su deficiencia física, o con el Príncipe Felipe a quien le dijeron que "le gusta Kiko [ex futbolista de Atlético de Madrid y del Cádiz]". A Felipe González le espetaron que "dejara de robar" y a José María Aznar que era "un asesino" porque tenía "las manos llenas de sangre" por apoyar la guerra de Irak.

La irreverencia del concurso no tiene límites. En esta edición, hay dos episodios que no han pasado inadvertidos para el aficionado. Paquirrín, el hijo de Isabel Pantoja, ha dejado de ser la diana de muchas mofas. Su lugar ha sido ocupado por otro hijo de famoso a quien la comparsa Vamos por Cai dedica un cuplé que dice, entre otras cosas: "El niño de la Pantoja decían que era el más feo. Cuando vi su foto, dije: me lo creo. Pues ya hay otro niño feo que es de alucine, que hasta al Paquirrín ha logrado quitarle del Libro Guinness. Me estoy refiriendo al hijo de la Obregón y del Conde Lequio, que tiene toda la cara de Enrique de Los Teleñecos. El niño es horroroso por más que digan sus papaítos. Y es que, cómo coño, va a salir bonito con toda la silicona que habrá mamado desde chiquitito".

El segundo caso deambula entre la irreverencia y la valentía. Se trata del cuarteto Vaya cruz, en el que tres jóvenes sevillanos se presentan en el escenario cómo los tres crucificados del Nuevo Testamento: Dimas (el ladrón bueno), Jesús (Inri-quito) y Gestas (el ladrón malo, con un vaso de whisky en la mano). Y con letras chirriantes: "La Iglesia tiene que ser machista porque tiene que ser Su Santidad el Papa, porque si no fuese así, no vea como quedaría Su Santidad la Mamá"

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de febrero de 2005