Enric Casasses está en forma. No hace mucho presentó en Guadalajara la edición facsímile del original manuscrito e ilustrado de La cosa aquella (Ediciones del Arlequín); poco antes había publicado en Quaderns Crema su traducción de Milton, de William Blake, y epilogado El llibre que conté les poesies d'en Francesc Pujols. De este último acaba de editar La tardor barcelonina, una novela publicada por entregas en el Papitu en 1908 y redescubierta por el pujolsiano Joaquim Auladell que saldrá próximamente en Llibres de l'Índex. Casasses también es uno de los protagonistas de Poesia en viu a Barcelona (1991-2004), un DVD de propost.org que reúne una muestra de poetas que han pasado por Barcelona durante los últimos años.
Enric Casasses se ha instalado en el Espai Brossa. Su obra 'Monòleg del perdó' sube a escena cada noche y él la sigue desde la última fila
Pero la gran noticia es que Enric Casasses ha encontrado su teatro. Si lo quieren saludar, lo encontrarán todas las noches en el Espai Brossa, donde hasta el 6 de febrero dirige, con Mireia Chalamanch, Monòleg del perdó. Desde su estreno, el día 13 de enero, Casasses no se ha perdido ninguna función. Noche tras noche, durante estas semanas de frío, ha acompañado desde la última fila del teatro a Laia de Mendoza, la actriz que interpreta su monólogo. Asistí al estreno y volví al Brossa este fin de semana para comprobar que los ajustes diarios de dirección han valido la pena. Monòleg del perdó es una partitura muy acotada, cargada de saltos de entonación y de registro, plagada de frases memorables que algun día seran refranes ( "el món està a mig crear / i el cap per lligar som nosaltres"). El progreso de Laia de Mendoza ha sido meteórico. Ha interiorizado el discurso, ha modulado la entonación, ha perdido el miedo a las pausas para dar a la frase aquel punto de suspensión tan característico de Casasses. El poeta ha contagiado a la actriz. Es la magia del teatro.
En Monòleg del perdó asistimos al nacimiento de una fábula. La protagonista, Marta Canari, quiere dar rienda suelta a su leyenda y agoniza para lograrlo: se dirige a las instancias más altas, a las grandes potencias, incluso se encomienda a una santa. Empieza con un cuento de Andersen, La reina de las nieves, y acaba encarnando a Joana, La Calamitat de la Plana, una especie de Calamity Jane del Far-West. El código del espagueti-western se traduce aquí en macarrons a la catalana. Marta Canari tose, canta, se exaspera, casi se frota la cabeza contra la pared como una cerilla que quisiera prenderse. Acaba metiéndose con el público. Ella misma se cuenta su propia historia mientras intenta contárnosla a nosotros. Lo importante es que el espectador vaya descubriendo que el monólogo mismo, en su presentación escénica, es un hecho real. Monòleg del perdó es como una cerilla. El motor de la acción consiste en prender la llama del monólogo mismo en su fricción con el público. Por eso durante estas semanas de frío ha encontrado su escenario ideal en el Espai Brossa. En un espacio tan íntimo, todo se mide con una lente de aumento: cualquier gesto, por pequeño que sea, puede encender al público.
Enric Casasses se suma a la tradición de Brossa y Palau i Fabre, que hoy tiene en Albert Mestres su exponente más renovador. La escena catalana vive hoy una curiosa esquizofrenia entre el teatro de los guionistas y el teatro de los poetas. Los primeros nos cuentan historias en un lenguaje accesible, reflejan la sociedad con personajes psicológicamente convincentes, sin reparos ante la promiscuidad existente entre el teatro y la televisión. Los segundos creen en la posibilidad de volver a crear el mundo, de inventarse una realidad artística a partir de un lenguaje perfectamente corriente pero artísticamente manipulado. La poesía y el guión no tienen por qué ser incompatibles ni mutuamente excluyentes. Lluïsa Cunillé ha demostrado en sus últimas obras que es posible encontrar un punto de equidistancia.
Si Guimerà y De Sagarra levantaran la cabeza, se alegrarían de ver que hoy sus obras forman parte del repertorio y se representan periódicamente en el TNC. Pero quizá no comprenderían que la mayoría de sus sucesores en los principales escenarios catalanes ya no se consideren poetas, sino dramaturgos que escriben con la modestia del guionista. Tampoco entenderían que los dramaturgos poetas (también sucesores suyos) no disfruten hoy del mismo éxito que tenían ellos en su momento y se preguntarían en qué teatro anda escondida la poesía.
El Espai Brossa es hoy el teatro de los poetas. Aquí no se trata de poner el texto en movimiento para contar una historia. Es la acción teatral la que está al servicio de la palabra. Tampoco se trata de acordar el presupuesto con el espectáculo. Aquí la palabra lo es todo: espectáculo, presupuesto, acción. Es un teatro tan pequeño que en él no cabría una pantalla de vídeo gigante ni será nunca necesario hacer una felación al micrófono para amplificar el mensaje. Hoy en día hacer visible la palabra se ha convertido en un acto casi taumatúrgico. El mago Casasses va a estar ahí hasta el domingo, viendo como se encienden las palabras desde la última fila de esta caja de cerillas que es el Espai Brossa. Bienvenidos al teatro fosforescente.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de febrero de 2005