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COLUMNA

Rojos y cristianos

Cuando el general Franco dejó cautiva y desarmada a la España democrática, tras un millón de muertos y los primeros bombardeos masivos sobre población civil de los tiempos modernos, la dividió en dos: la de los nacionales y la de los nacionalistas catalanes y vascos; la de la "cruzada" bendecida por los obispos y el Vaticano, y la de los rojos, lacayos de Moscú. Inventó así el rojoseparatismo y el nacionalcatolicismo. La secular dicotomía bélica entre moros y cristianos la sustituyó Franco, rodeado de su guardia mora encaballada, por la de rojos y cristianos. Con ella prolongó la guerra incivil 40 años más.

Recordaba en mi escrito anterior que la generación mesocrática llegada a la Universidad a 20 años de la guerra rechazó su prolongada sombra y se conjuró para borrarla. Si en las aulas se abrazaron hijos de falangistas y de republicanos, en los campos de trabajo voluntario del SUT supieron de otros campos de trabajo forzoso, en los que miles de presos políticos habían reconstruido la España destruida por los ejércitos fascistas, y acabaron confraternizando con obreros y campesinos. De algún modo se cumplía la consigna del PCE de "reconciliación nacional", expresada en una triple soldadura: alianza de clases, frente común del trabajo y la cultura, y la solidaridad entre naciones industriales (Cataluña y Euskadi) y regiones subdesarrolladas. Pero la dirección comunista residía fuera del país y, al estar alejada de su realidad y tener escasa influencia en ella, estuvo tentada más de una vez en imaginar el colapso del régimen con sólo darle un pequeño empujón popular. Por otro lado, la nueva generación, necesitada de liberarse del rígido corsé franquista, no entendía que lucharan por la libertad los mismos que obedecían al régimen totalitario e imperialista del Kremlin. La nueva juventud obrera y universitaria, pese a su escaso bagaje histórico y nula experiencia política, intentó, al margen de los viejos partidos de izquierda, con gran energía moral y un voluntarismo posibilista admirable, realizar el triple proyecto reconciliador, resumido en una democracia socialista y federal. La iniciativa sólo podían tenerla quienes gozaban del privilegio de la legalidad: en la Universidad, el SEU falangista, con su crítica, entre retórica y sincera, al conservadurismo social, y en el mundo obrero, las hermandades católicas, con sus consiliarios empapados de una doctrina nada avanzada pero suficiente para denunciar la situación española. Fueron, pues, las bases más inquietas del sindicalismo nacional y del nacionalcatolicismo las que iniciaron una agitación que fue nutriendo de cuadros políticos clandestinos al nuevo frente de lucha democrática al amparo de las citadas organizaciones y, más tarde, de muchas parroquias, conventos y centros culturales de la Iglesia, en apertura solidaria con los militantes de izquierda, sobre todo con los tenaces y arriesgados comunistas, con los rojos.

El símbolo práctico de esta convergencia de cristianos y rojos en la acción política fue el Frente de Liberación Popular (FLP), conocido chuscamente como el "Felipe", promovido por universitarios socialistas y católicos que creían su fe no sólo compatible con el marxismo y sus análisis críticos de la sociedad capitalista, sino como ímpetu revolucionario para superar la traición conservadora de la dictadura soviética y la incapacidad anticapitalista de la socialdemocracia europea. Desde ese prisma rechazaban también los partidos democristianos, por leales al capitalismo y por monopolizar el cristianismo político, como los franquistas. El pluralismo ideológico y religioso que los felipes cristianos invocaban lo aplicaron a su propio grupo, en el que lucharon juntos ateos, agnósticos y creyentes. Uno de sus fundadores, Alfonso Comín, con el tiempo acabó militando en el PCE y en el PSUC, y logró testimoniar que se podía ser cristiano en el partido y comunista en la Iglesia, abriendo el marxismo de ambas formaciones, que dejaron de ser oficialmente ateas para ser laicas y respetuosas con toda fe espiritual que promoviera una sociedad libre, igualitaria y justa.

Otras de las aportaciones innovadoras del FLP, aparte de colaborar críticamente con el PC y no dejarlo solo en su lucha, fueron su precoz apertura al Tercer Mundo (apoyó la independencia de Argelia y la revolución cubana); su crítica al neocolonialismo, precursor de la globalización; su organización federalista (con el FOC de Urenda y Maragall en Cataluña, y el ESBA de Recalde en Euskadi), y propugnar el modelo autogestionario, político y económico, de la Yugoslavia que acababa de romper con la URSS, modelo reivindicado hoy por los movimientos anticapitalistas y democratizadores de medio mundo.

Mi juventud lectora pensará que cuento batallitas de abuelo. Rojo y cristiano son ya adjetivos que apenas dicen nada a la gente de hoy, y a pocos les importa que haya católicos comunistas, pues pocos creen en una u otra fe, y menos en ambas. Con todo, creo que el testimonio de aquel combate conjunto de rojos y cristianos ha reconciliado las dos Españas, impide creer que la religión es un asunto privado y que se confunda cierta Iglesia jerarquizada y conservadora con unos creyentes que, por serlo, han de estar en las trincheras de la transformación social contra el sistema injustamente imperante. La democracia que gestaron juntos aquellos utópicos pero clarividentes y activos jóvenes obreros y universitarios no es, ni mucho menos, aquella a la que aspiraban. Ir más lejos a través de ella corresponde hoy a la juventud más joven. No es preciso ser cristiano para luchar por la justicia aquí y en todo el mundo, pero el que lo sea no puede dejar de hacerlo junto con los que tienen fe en la tierra y en el ser humano. Unos y otros deben encarnar su espíritu en la acción política hasta que, de tan encarnado, se vuelva rojo.

J. A. González Casanova es profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Barcelona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de febrero de 2005