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Tribuna:

La ciudad de los prodigios

Quien visitara la exposición de esculturas de Santiago Calatrava en el IVAM -de mayo a agosto de 2001- quizás pudo descubrir que nuestro más renombrado arquitecto actual es, ante todo y fundamentalmente, un escultor. Allí se mostraban unas obras con el intenso sabor de las creaciones del primero de la clase: jugando con variaciones geométricas totalmente previsibles y con un uso de los materiales anodino, aquellas obras expelían la fría y rutinaria perfección de quien inútilmente intenta trasladar las matrículas de honor en geometría descriptiva al espacio, originario y primigenio, de la creación artística.

Contempladas sus obras arquitectónicas desde esta perspectiva, uno deduce que sus edificios y puentes están intensamente pensados en clave escultórica más que con un sentido urbano, y por ello aterrizan ingrávidos sobre la trama de la ciudad como caídos desde una esfera neutra y superior. El problema es que hacer crecer edificios, teatros y puentes es una operación mucho más compleja que colocar esculturas en una sala de exposiciones o dentro de una habitación. Esto puede explicar el porqué los puentes que ha construido fuera de las urbes, donde el espacio es más neutro, generan un paisaje visual más pleno y conseguido que sus obras colocadas dentro de la ciudad; esta misma idea se plasma en las piezas con una vocación obsesivamente escultórica, como el pirulí en la zona olímpica de Montjuich. Ésta es también la razón que explicaría el entorno simplemente perfecto que ha encontrado el Parotet de Miquel Navarro, dialogando con otras esculturas con las que hasta guarda cierta proporción en la escala, a años luz del arisco y difuso hábitat en el que se soltó a su Pantera Rosa.

Este efecto de edificios "depositados", esta sensación de "maqueta", este inaudible diálogo con el espacio urbano es algo que no logramos quitarnos de encima cuando transitamos a la sombra de las creaciones arquitectónicas de Calatrava. Y digo transitamos porque se me haría muy difícil vivir de cara a alguno de sus esqueletos escultóricos o en un edificio plantado frente al Grande Arche en La Défense parisina. Será cuestión de mi noción de entorno habitable, qué quieren que les diga: a mí, por la mañana me apetece abrir el balcón y ver un árbol y no al Apolo XIII a punto de despegar.

Como todo habitante de Valencia medianamente leído y andado sabe, el arquitecto de Benimamet ha construido, y está construyendo, diversas obras a lo largo y ancho de la ciudad. Personalmente -esto es una opinión- creo que lo más interesante de la gama es una obra tristemente inacabada. No me refiero al palacio de la ópera, cuya tan costosa como prorrogable terminación mira hacia el infinito, sino al puente de Campanar. Una obra cuya modernidad sin estridencias ha dado personalidad a un tramo del antiguo cauce del Turia tan difícil y desabrido. Y digo inacabada porque del proyecto originario nos falta la lámina de agua que lo realzaba desde el suelo. Vaya por Dios: uno no acaba de entender cómo tan afamado creador permite abandonar como definitivo un lienzo al que le falta un trozo de cielo.

También es sabido que todas sus grandes obras en Valencia, de multimillonario presupuesto, son obras públicas. Esto es, obras cuya financiación emana del bolsillo del contribuyente. Es en razón de ello que los ciudadanos, en tanto que leales usuarios -que diría el amigo Franch- y financiadores de tan magna obra creativa tienen no sólo la libertad, sino el legítimo derecho a manifestar opiniones, exponer agravios y exigir de los gestores políticos coherencia urbana, cumplimiento de los plazos y rigor presupuestario.

Siendo por tanto Calatrava un arquitecto "público", hecho en falta muchas veces su privilegiada, autorizada e impactante voz en tantos y tantos asuntos que la desnortada política urbanística de esta ciudad nos depara día tras día. Por ejemplo, ¿qué posición mantiene nuestro arquitecto respecto a la inminente construcción de los mazacotes de hormigón en el solar de Jesuitas? Probablemente esa demostrada capacidad de embarcar en sus proyectos a administraciones de todo tipo y color político se deba a ese saber estar callado, en la sombra, detrás del parabán. Triste posición: un arquitecto de su renombre internacional, ya situado más allá del bien y del mal, parece que se ha ganado un trocito de libertad más amplio que el que sugieren tan medidos actos y parcas palabras.

Hace unas fechas se nos presentaba con tronío político la última noticia de nuestro escultor y arquitecto. Se trata de cuatro rascacielos en la Ciudad de las Artes y las Ciencias -uno de 280 metros de altura- para cuya construcción hay que cambiar el Plan General de Ordenación Urbana. Un detalle: mientras en Estados Unidos, primer mercado y escaparate de estas estrellas internacionales de la arquitectura, se ha desatado una psicosis colectiva contra la edificación en altura, Calatrava -y también Nouvel- nos proponen rascacielos y además, como en el caso del primero, batiendo records de altura y rondando la cuña de aproximación al aeropuerto de Manises. Exangües las arcas municipales, los rascacielos deberán ser construidos esta vez por la iniciativa privada en una complicada operación de cesión de suelo público y de la que se espera obtener dinero para taponar la deuda de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Veremos en este nuevo escenario de promotores privados hasta dónde llegan los malabarismos para estirar los presupuestos y los plazos.

Jean Nouvel hace una propuesta de planificación en la que incluye múltiples rascacielos a pie del más valioso trozo de huerta urbana que nos queda frente al mar, una zona sobre la que también se proyecta la pesada amenaza de los contenedores. Un ejercicio: Compárese el agitado y profundo debate ciudadano y profesional en torno a la arquitectura espectáculo que provocó el proyecto de la Torre Agbar en Barcelona, del mismo Nouvel, con el que ha generado el mismo autor, ya no con un único edificio, sino con todo el frente litoral de la ciudad.

Los rascacielos de Calatrava no son la enésima escultura que planta en la ciudad. Son algo más. La columna de espacio que ocuparán y que los harán visibles desde Cullera hasta Sagunto no pertenece a Calatrava, ni al consistorio municipal, ni al dueño de la parcela sobre la que se alzarán. La propiedad de la línea de cielo de la ciudad incluso no pertenece a sus habitantes: seres temporales que antes o después desapareceremos de esta ciudad y de todas. Los dueños del skyline de Valencia somos, en partes alícuotas, como si de un sedimento geológico se tratase, todos sus hacedores pasados y todas las generaciones que vendrán tras nosotros. Permitir que el perfil de esta urbe milenaria sea redibujado por visionarios que descubrieron esta ciudad hace seis meses (sic) -Jean Nouvel- o geniales escultores que a menudo se desentienden del emplazamiento de sus megaobras es una nueva frivolidad urbana, es la enésima ocurrencia de salón, es un terremoto cultural que esta ciudad no se merece.

Manuel Menéndez es profesor de la Facultad de Ciencias Sociales y Jurídicas de la Universidad Cardenal Herrera-CEU.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de febrero de 2005