El senador republicano de turno ya ha dejado caer la provocación en Davos y en otros tantos potreros, pesebres y foros, hasta hacerle la puñeta al siguiente caligrafiado de malo en la lista de la Administración Bush: el iraní. Y es inútil que Mohamed al Baradei, director del Organismo Internacional de la Energía Atómica, trate de persuadirlo con razonamientos y evidencias. El senador sostiene paladinamente que algún país, con tecnología nuclear, podría caer en manos de Al Qaeda, y Al Qaeda dispondría así de armas de destrucción masiva de las fetén, o sea, de las que se pueden encontrar o disponer para su encuentro. Las armas ya no son ni un pretexto ni una revelación del huésped de la White House, sino la aspiración de una nueva y fulgurante frontera, con recursos y posibilidades suficientes para hacer patria y escarnio de quienes se resisten a someterse al imperio. El escarnio es Guantánamo, por donde el cautivo pierde la luz, el beso y el paisaje hermosamente humano; y el carcelero, toda la dignidad y para siempre jamás. El carcelero y la ambigüedad del Tribunal Supremo y de sus titulares, pero ¡qué elementos! Ahora, una jueza federal trata de enmendar toda una doctrina engañosa e inclemente, y "el procedimiento inconstitucional de unos tribunales que no conllevan garantía ninguna". ¿Qué hacer en un campo de crueldades dónde el detenido debe demostrar su inocencia? Cuando se cumplen 60 años de la liberación de Auschwitz, a los nazis les toman el relevo los tipos de Bush, no en la matanza abrumadora, pero sí el desalmado refinamiento de la tortura, y el propósito de conducir a aquella barbarie nuevos pueblos, otras civilizaciones, otras palabras: junto a los afganos, talibanes de donde se censen convenientemente. Para esta gente, ante las que tantos, con muchos humos, se achantan y se avienen sin rubores, por asuntos de mercado y de mercado de armas, o por corrupción y venta de los propios principios, ¿qué se puede hacer? Te sé aún más preocupado, porque tu amigo el teólogo discípulo de Leonardo Boff te ha susurrado, como una catástrofe, cuidado, Ratzinger.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de febrero de 2005