Warwick Vincent, canadiense de origen neozelandés, de 51 años, es uno de los principales expertos en ecosistemas polares. Ha publicado más de 170 trabajos científicos en revistas de prestigio, uno de ellos hace año y medio, alertando sobre la ruptura de una plataforma de hielo en el Ártico casi del tamaño de Ibiza. El fenómeno, asegura Vincent, "es parte de una tendencia a largo plazo en la región, pero acelerada por el calentamiento reciente, que puede estar relacionado con el cambio climático". El estudio del cambio climático, o el de sus consecuencias, se ha convertido en una prioridad para este investigador de la Universidad Laval (Quebec, Canadá) acostumbrado a pasar largas temporadas entre el hielo. Vincent dirige una de las áreas del consorcio internacional ArcticNet para investigar los cambios en el Ártico, para el que Canadá ha destinado en exclusiva un rompehielos remodelado y equipado con laboratorios. En este proyecto participa también el grupo de Antonio Quesada, de la Universidad Autónoma de Madrid, con el que Vincent pasó la mayor parte de 2004 en un año sabático.
"El calentamiento en el Ártico es consecuencia de un círculo vicioso. Un ciclo que, cuando empieza, es muy difícil de parar"
"Los inuit ya están percibiendo cambios en sus áreas de caza y pesca, porque está cambiando el 'permafrost', el hielo en el mar, el tiempo..."
Pregunta. ¿Por qué parece ser el Ártico especialmente sensible al cambio climático?
Respuesta. Es la consecuencia de un círculo vicioso. La blancura del hielo y de la nieve enfrían el clima porque reflejan la energía solar y la devuelven al espacio, así que una reducción en su extensión aumenta el calentamiento en la región, lo que a su vez hace que se funda más hielo, y haya más calentamiento. Un ciclo que, cuando se pone en marcha, es muy difícil de parar. Además la atmósfera es más fina en las regiones polares, con lo que hace falta menos energía para que se caliente.
P. Pero en la Antártida no está claro que eso esté pasando.
R. En la península Antártica sí hay un calentamiento considerable, y los modelos predicen que el fenómeno se extenderá y acelerará en toda la Antártida por los mismos motivos que en el polo norte. Pero la gruesa capa de hielo de cuatro kilómetros de grosor que cubre el continente ralentiza el proceso.
P. Recientemente se han publicado las conclusiones del programa internacional ACIA para medir el impacto del cambio climático en el Ártico. ¿Puede resumirlas?
R. ACIA ha durado cuatro años, liderado por el Consejo Ártico. Ha implicado a 300 científicos y a miembros de las comunidades indígenas. Las conclusiones están en un documento de 1.200 páginas, pero la idea central es simple: el cambio climático en el Ártico es real y se está produciendo ahora. En las últimas décadas las temperaturas medias han subido casi el doble de rápido que en el resto del planeta; los glaciares y el mar se deshielan y el permafrost [suelo permanentemente helado] se calienta. Estos efectos probablemente se acelerarán y afectarán al resto de la Tierra, porque implican más calentamiento global y un aumento del nivel del mar.
P. Según el informe, las temperaturas medias subirán entre cuatro y siete grados más este siglo.
R. Sí, es un cambio espectacular, con enormes implicaciones a muchos niveles. Por ejemplo, a finales de este siglo el Ártico será navegable en verano. Eso cambiará todas las conexiones de navegabilidad en el mundo. Irónicamente, también permitirá el acceso a nuevas fuentes de hidrocarburos, lo que a su vez incrementará la emisión de gases de efecto invernadero. Y por supuesto habrá cambios en la diversidad de especies. Habrá árboles en la tundra. Los osos polares, las focas y diversas aves se enfrentan a la extinción. Aumentará el nivel del mar: habrá olas más altas, más tormentas, las comunidades costeras correrán más riesgos.
P. ¿Estudian en ArcticNet cómo adaptarse a esos cambios?
R. ArcticNet es una iniciativa internacional para conocer mejor los impactos del cambio climático en el norte, y desarrollar políticas y estrategias de adaptación. Por eso intervienen expertos en muchas áreas, además de los indígenas [esquimales]. Por ejemplo, las temperaturas más cálidas favorecerán la invasión de animales nuevos, que podrían traer nuevas infecciones para los humanos o afectar la caza. Y el deshielo del permafrost afecta a la disponibilidad y calidad del agua potable, entre otras consecuencias.
P. ¿Qué efectos del cambio climático están sintiendo ya las comunidades indígenas?
R. Los inuit ya están percibiendo cambios en sus áreas de caza y pesca, porque está cambiando el permafrost, el hielo en el mar, el tiempo en general, el suministro de agua dulce y varias plantas y animales. Costas antes sólidas y estables están empezando a erosionarse, lo que afecta a infraestructuras. También se dan fenómenos poco habituales, como la llegada de insectos nunca vistos antes en el Ártico. Y una de sus mayores preocupaciones es el futuro de mamíferos marinos, como las focas y los osos polares, que dependen directamente del mar helado.
P. ¿Cómo reaccionan los inuit ante la noción de que su hábitat está cambiando por las emisiones del mundo industrializado?
R. Están muy preocupados. Lo ven como una gran amenaza para su medio de vida. Creen que para hacer frente a esta crisis ambiental hará falta comprensión internacional y cooperación, dirigida por las naciones industrializadas que son responsables de las emisiones. Forma parte de la tradición de los inuit el hacer frente a grandes desafíos medioambientales, y sus dirigentes recurren ahora a esa fuerza. Pero creo que es muy importante dar esperanza a los inuit jóvenes, para que colaboren con sus mayores y con nosotros en buscar estrategias de adaptación y mitigar estos impactos globales que destruyen su hogar.
P. En 2003 el rompehielos Amundsen estuvo varado en el Ártico todo un año, para investigar. ¿Cómo fue la experiencia?
R. Fue el primer proyecto con el Amundsen. Se trataba de tomar muestras durante todo el año, con un cambio de científicos y de tripulación, 80 personas en total, cada seis semanas. Participaron 10 países, incluida España, a través del Instituto de Ciencias del Mar, en Barcelona. El Amundsen es esencial para ArcticNet. También lo hemos usado como clínica móvil para regiones del norte, y como laboratorio flotante de alta tecnología para estudiar las costas y los ecosistemas de agua dulce. Antonio Quesada y yo planeamos trabajar juntos con el Amundsen durante el Año Polar Internacional, en 2007.
P. ¿Cómo se dieron cuenta en 2002 de que la plataforma Ward Hunt se estaba fracturando? ¿Volverá a ocurrir algo así?
R. Mi grupo de investigación había estado vigilando esa zona, en el límite de América del Norte, durante muchos años. De repente mi estudiante Derek Mueller observó cuando llegaba en avión que se había formado una grieta enorme en la plataforma, que es muy extensa
[440 kilómetros cuadrados y 40 metros de altura]. Los dos nos dimos cuenta de que estaba pasando algo importante. Llamé inmediatamente a un colega en la Universidad de Alaska que consiguió que se reprogramara el satélite Radarsat para tomar imágenes. Gracias a eso y a nuestras medidas posteriores comprobamos que esta plataforma que lleva ahí 3.000 años había empezado a desintegrarse.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de febrero de 2005