La Unión Europea ha dado un paso en principio sensato al suspender temporalmente unas sanciones diplomáticas contra Cuba que no habían logrado mover en nada al régimen cubano, ni logrado mejoras para los disidentes, pero sí paralizado la acción de las embajadas de los Veinticinco en La Habana. A la vez éstos se comprometen a desarrollar relaciones más intensas con la oposición interna y la sociedad civil. Por ello resulta poco adecuado hablar de "apaciguamiento" de un régimen como el castrista, que no constituye una amenaza más allá de sus fronteras, aunque sí lo signifique para sus ciudadanos.
Las sanciones que se tomaron en 2003, a raíz de una ola de detenciones de opositores y el fusilamiento de tres cubanos que habían secuestrado una lancha para intentar huir de la isla, se limitaron básicamente a invitar a los disidentes a las fiestas nacionales en las embajadas europeas y a suspender las visitas oficiales a la isla. Fue el Gobierno de Aznar el que arrastró a los demás europeos a esa posición, que de hecho entregaba la entera dirección de la política europea hacia Cuba a EE UU, y que no dio fruto ninguno, pues Castro decidió congelar todas las relaciones oficiales con las legaciones europeas que quedaron así inutilizadas.
Ahora le toca al castrismo moverse, más allá de la insuficiente liberación de 14 presos políticos, pues, a requerimiento de la República Checa, la suspensión de las medidas es temporal y será objeto de revisión en julio a la luz de lo que haya ocurrido. Ha pesado la invocación que ha hecho el ex presidente checo Václav Havel al valor que tenían las invitaciones a las embajadas de la UE en su país en los tiempos en que era un escritor disidente perseguido por la dictadura comunista. Ahora cada embajada será libre de hacer lo que mejor considere.
Probablemente el paso dado por la UE no haya resultado del agrado del régimen castrista, pues aunque abre la vía también a la reanudación de visitas de altos cargos de los Veinticinco, también impulsa un nuevo apoyo hacia la disidencia. Y es sobre todo por esta vara por la que se medirá el fundamento de la nueva rectificación de la política europea, impulsada por una España que en materia cubana es siempre escuchada con atención por el resto de sus socios europeos y marca el rumbo a seguir.
Es difícil influir en una evolución del régimen castrista hacia posiciones aperturistas. Pero ahora, al menos, no será Castro quien determine unilateralmente el margen de maniobra de la UE y de sus Estados miembros. No disminuyen, al contrario, las oportunidades de ir apoyando a la disidencia, de preparar posiciones, grupos e individuos de cara al ocaso y final biológico de Castro, y de seguir invirtiendo para ir facilitando la transición hacia una economía abierta. La interlocución con el régimen y a la vez con la sociedad cubana son factores esenciales para ir avanzando en esas direcciones. La política anterior había obtenido pocos frutos. Habrá que ver ahora los resultados prácticos de este cambio de política europea.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de febrero de 2005