Me permito dirigirme a usted para comentar un aspecto del artículo de Daniel Jonah Goldhagen En el corazón de la oscuridad, publicado en EL PAÍS el pasado sábado 29 de enero.En el mencionado texto el autor alude a los "colaboradores polacos" de los nazis, quienes "persiguieron, acosaron y robaron a los judíos de Europa y asesinaron a seis millones". Polonia, el primer país atacado por los ejércitos del Tercer Reich y, dos semanas más tarde, por el Ejército Rojo, abandonado a su suerte por todos los aliados, fue el país que más sufrió durante la II Guerra Mundial, país en el que prevalecieron posturas verdaderamente heroicas de ayuda a los judíos, cuyo mejor testimonio es el número de los ciudadanos polacos condecorados con la medalla "Justo entre los Pueblos" y la cantidad de los árboles plantados por ellos en el Instituto Yad Vashem.Hay que tener siempre presente un hecho fundamental: Polonia fue el único país ocupado por los nazis donde se administraba la pena de muerte por prestar cualquier ayuda a un judío, por darle una rebanada de pan o un poco de agua; donde, por esconder en su casa a un judío, era fusilada no sólo toda la familia que lo escondía, sino también los vecinos. Y, sin embargo, numerosos polacos arriesgaron la vida de sus propios hijos para salvar la de sus conciudadanos judíos. Sin esos polacos -muchos de los cuales siguen siendo héroes anónimos porque no han querido reivindicar ningún reconocimiento por lo que hicieron durante los seis años que duró la ocupación alemana-, Roman Polanski, salvado del gueto de Cracovia y adoptado por una familia polaca, nunca hubiera podido hacer una de las películas más importantes del cine mundial, El pianista.Hablando de la tragedia del pueblo judío, Daniel Jonah Goldhagen echa la culpa también al pueblo polaco. No es una postura objetiva. La verdad histórica resulta siempre mucho más compleja y no admite generalizaciones simplistas. Combatiendo un prejuicio, no se puede crear otro.Y colocar a un mismo lado de la Historia a los nazis y al pueblo polaco es confundir a la víctima con el verdugo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de febrero de 2005