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Crónica:CRÓNICAS DEL SITIO

Política-basura

Escuchar esta última semana a los políticos me ha obligado a un continuo esfuerzo para no creerme en un circo. Cada vez me resulta más difícil distinguir la política real de los muñecos del guiñol. Tampoco es la primera vez que esos adultos me recuerdan a los adolescentes que encuentro cada mañana en clase. Cuando discuten, nunca se escuchan. Atribuyen el contrincante palabras que no ha pronunciado y proclaman con el mayor aplomo frases que deberían sonrojarles. Oyen sin poner filtro a los prejuicios hacia la persona que habla; y tratan de conseguir o mantener el poder con la única palanca de alagar o excitar a los suyos.

Mis alumnos actúan igual cuando se excitan. La emoción no les deja escuchar lo que dice el otro. Cada uno cree saber de antemano lo que va a escuchar y, entonces, para qué escuchar. Contesta sin haber oído y ataca lo que el otro ni siquiera ha dicho.

Es natural que un adolescente se deje llevar por sus emociones, que a menudo ni él mismo alcanza a comprender. Supongo que una de las tareas de un educador es enseñarles a discutir, dejando hablar y con argumentos. Esto es, con razonamientos y pruebas dirigidos a convencer al interlocutor.

Pero cómo hacerles ver que ese comportamiento, además de ético, es útil, si lo que ven en la televisión es lo contrario. Hay un programa en una emisora local en que dos bandos se gritan tanto y tan seguido, que es imposible saber acerca de qué discuten. Simplemente se acometen. Y según me han dicho, cuando termina el programa bajan las escaleras sin dejar de insultarse.

En realidad es difícil encontrar un espacio en televisión o de radio donde no suceda algo parecido. Y si no gritan es que no tienen a nadie delante. A menudo me pregunto cuándo tiempo tardarán en cambiar el grito o el insulto por la bofetada. Hace una semana, algunas personas nos horrorizamos por lo que sucedió en una manifestación en Madrid. Pero en los días que siguieron, llegué a oír que la agresión había sido en realidad un montaje de la víctima. Esto me sonó a algo harto conocido; pero lo peor es que se decía en nombre de otras víctimas.

Los griegos a la política-basura la llamaron demagogia. No me creo que los políticos sean adolescentes de sangre caliente, sino más bien de la familia de los peces y anfibios. Entonces. ¿por qué se comportan con tal vehemencia? Como no sea porque de sus asesores de imagen han aprendido que eso vende... No actúan con pasión porque sean ellos mismos apasionados, sino porque intentan emocionar a los espectadores y arrancarles el aplauso o la ovación. Ahora que los cómicos se dedican a la política y los políticos a la comedia, ¿cómo educarles? O habría que educar a sus asesores de imagen.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de febrero de 2005