Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
VISTO / OÍDO

Gatos monteses

El gato montés está en extinción; podía incrementarse echando al monte algunos políticos, conservadores, articulistas y sacerdotes. Arañan, sus uñas son largas y su olfato les lleva hacia la yugular. Se matan dentro de su especie. Pero la razón de su caída es otra: esos felinos tienden a aparearse con gatos domésticos. Sobre todo, de macho a hembra, como los colonos españoles cuando conquistaban. Sus mujeres eran intangibles, pero no las indígenas: tener crías con ellas no estaba penado. Algo debe de estar sucediendo con los gatazos fieros de la vida política, a los que veo de pronto unificados, sin arañarse, pero mirándose de reojo. Tenemos dos temas prodigiosamente unánimes. Uno es el del plan Ibarretxe, que saltó ayer a la asamblea: todo el mundo está en contra, menos Ibarretxe. No habrá procreación fácil entre estas dos especies.

No me extraña: presentado como un salto de Vasconia hacia la soberanía, Hispania no lo quiere. Es una cuestión económica. Hispania no quiere que las regiones ricas se vayan y dejen solas a las pobres, aunque por alguna razón misteriosa son los ricos los que más se indignan. Yo tengo otras: me eduqué en aquello de "proletarios del mundo, uníos", y en las siglas queridas de UHP ("Uníos, hermanos proletarios") y, aun repudiando mucho de aquello, he comprendido siempre que "el burgués", como se decía entonces, y no sé si hoy existe en esa forma, crea una fragmentación para que el proletario -no, eso ya no se dice- se separe entre sí y hasta se odie. ¡Es tan fácil el odio en España!

Separados en clases de edad -viejos contra jóvenes, medianos contra los dos-, en sexos que se machacan como pueden, en gremios en vez de sindicatos, en razas de distintas inmigraciones, en equipos de fútbol y en autonomías, provincias, regiones o ciudades, dentro de las cuales hay otros odios de proximidad, cada uno cree que el desastre de su vida -y ¿quién no cree que su vida es un desastre?- es del igual. Al que no admite como igual. Veo cómo se ha hecho, veo la fantasía de que el pobre se crea rico porque tiene hipotecas, y comprendo. Pero ¿y el otro tema? ¿Cómo entenderé yo que desde el domingo todos los gatos monteses, y los domésticos, aplaudan las elecciones de Irak? ¿Cómo lo hacen compatible con su no a la guerra y a la ocupación? ¿Creen de verdad en el milagro de santa Urna?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de febrero de 2005