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COLUMNA

El tic

Aharon Appelfed no necesita muchas palabras para contar su vida. La vida de Aharon, tan extraordinaria, se condensa en doscientos folios en los que el lector asiste a la aventura fatal de un niño judío rumano que a los siete años, durante la ocupación nazi, es despojado de todo, de sus padres, su casa, su patria, su lengua materna, el alemán. Qué sucede con una criatura cuando no tiene a nadie. Ése es el libro. Después de la guerra Aharon, ya adolescente, acabó en Israel, en un momento en que el país estaba tan preocupado por su labor de construcción que no parecía dispuesto a escuchar historias de supervivientes. Esos supervivientes se encontraron, entre los suyos, con el horror que inundaba sus peores pesadillas: nadie te cree, nadie quiere escucharte. Pero pudo más en Appelfed su voluntad de expresarse: adoptó el hebreo (no le había dado tiempo a aprender a escribir en alemán) y utilizó esa lengua con una concisión luminosa y poética. Estos días el escritor visitó España para presentar su libro. Estaba muy ilusionado con el viaje. Su talante provoca simpatía inmediata, así que las entrevistas con Appelfed se sucedieron, se nota, con suavidad, como corresponde a su carácter. Pero en algún momento, casi imperceptiblemente, algo sacudía su interior, sucedía cuando los periodistas le preguntaban por el conflicto palestino-israelí o sobre el hecho de que no aparezcan palestinos en su libro. Él explicaba, con santa paciencia, que las memorias surgen de las vivencias íntimas, no son libros de historia, y que los sentimientos no se eligen. Es curioso, es habitual que los españoles, tan ajenos siempre a la historia del nazismo, sintamos la obligación de mentar la situación actual de Oriente Medio cada vez que escribimos sobre las víctimas del nazismo o sobre Auschwitz. Uno cree apreciar que ese tic está provocado más por querer dejar claro cuál es nuestra ideología que por la incuestionable solidaridad con Palestina. Un tic perverso porque las víctimas del nazismo no tienen por qué cargar con las responsabilidades de otros, incluidas las responsabilidades de Europa, la gran culpable. Eso es lo que sienten tantas veces los escritores israelíes, que el europeo no judío, el que no tuvo que huir, le sigue considerando culpable, por sistema.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de febrero de 2005