Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Nieve

Había oído muchas veces a mi madre relatar que, siendo ella niña, se levantó una mañana de invierno y descubrió que un grueso edredón blanco reemplazaba las aceras. Era la primera vez que veía la nieve, y fue la última, por el momento, en que la vio en Sevilla. Ahora leo que ese accidente atmosférico lleno de promesas y de literatura se halla a apenas 50 kilómetros de la capital y fantaseo con que el prodigio se repita. Para nosotros, la gente del sur, o de este sur al menos, la nieve es un objeto mitológico, que comparte su aura evocadora con las hadas y las auroras boreales, todas iguales de fabulosas y remotas. Mi hermano, que tiene 30 años, jamás ha visto la nieve, y yo tuve que desplazarme unos millares de kilómetros, todos los que separan Sevilla de París, para encontrarla en un parque. La mañana en que también yo me levanté y descorrí las cortinas y me encontré con ese fantasma hecho de fragmentos y moléculas, comprendí la vieja fascinación de mi madre y el arrobo con que todavía repasa esa memoria de niñez. En compañía de los amigos pasé el día jugando a reconocer París debajo del manto blanco que ahora lo tachaba, rescatando jardines, monumentos y tiendas del vacío que dolía en las manos y nos obligaba a escupir cuando se introducía entre nuestros labios.

Aquí en nuestro sur, en este sur, todo es quizá distinto, pero para aquellos países del norte habituados a su visita, el regreso de la nieve cada año tiene el poder de lustrar las conciencias, depurar de sinsabores a los adultos y devolverlos a aquella edad primigenia donde todo era más leve, fácil y bello. En Praga, ciudad nevada donde las haya, la gente aprende a convivir con ese misterioso camarada de juegos desde la edad de los batacazos, y su retorno de cada invierno es también el retorno del pantalón corto, de las carreras sobre el río helado, de la felicidad. "Si la nieve me escuchase / igual que escucha a los niños", escribe el poeta checo Jiri Orten, que no cesa en sus versos de alabar esos copos blancos de su niñez ni de añorar el tiempo en que su madre todavía le calzaba las polainas antes de marcharse al colegio. En multitud de obras de todos los géneros, literarias, pictóricas, cinematográficas, la nieve aparece asociada al paraíso cancelado del ayer: sobre la nieve juguetean las heroínas de Louisa May Alcott y patina Tatiana, el amor idolatrado e imposible de Eugenio Óneguin. Infancia y nieve: ambas figuran juntas porque son de la misma naturaleza, ligeras, gráciles, aéreas, casi sin peso ni forma, como la nada. "Sé que tú amas la nada, y no por su valor, que es mínimo, sino porque se puede jugar con ella de forma expresiva y leve, como un gorrión ruidoso, y creo que un regalo te resulta más querido y bienvenido cuanto más se acerca a la nada": con estas palabras dedicaba a un amigo el astrónomo Johannes Kepler un opúsculo que había compuesto en 1611 sobre la nieve y sus formas hexagonales. En aquellos años, Kepler vivía en Praga, la misma ciudad por cuyas aceras resbalaría siglos más tarde el poeta Orten, y sin duda se dejaba embrujar igual que él por esa ausencia de color que evoca ángeles y palomas. Los mismos que yo aguardo desde la ventana de mi habitación mientras concluyo este artículo y miro con desconfianza hacia el cielo, siempre tan avaro de prodigios.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 3 de marzo de 2005