Los filólogos también tenemos nuestro corazoncito. Es sabido que cuando vamos a la consulta y le espetamos al médico aquello de "tengo una artritis" (o cefalea o dermatitis o disnea o sinusitis, da lo mismo), el galeno nos suele mirar de hito en hito y nos conmina cortante a que le digamos dónde nos duele, que el diagnóstico ya lo hará él/ella. Algo parecido, aunque menos violento, ocurre en el taller de automóviles, que no deja de ser la consulta de nuestro coche: el mecánico suele escuchar aburrido y con cierto aire zumbón nuestras explicaciones sobre manguitos, delcos y demás para acabar largándonos una explicación técnica de la que no solemos entender casi nada, aunque no se nos escape su tono condescendiente y su mirada paternalista. Es inevitable. Todas las profesiones sienten el orgullo de su especialidad y tienden a preservar celosamente el secreto: como este radica, muchas veces, más en un lenguaje codificado que en cualquier otra cosa, es dicho lenguaje el que se intenta ocultar a las miradas del extraño. Antiguamente los gremios llevaban esta consigna hasta sus últimas consecuencias: en la Edad Media eran como sectas que solían transmitir un legado sagrado -hecho de técnicas y de palabras a partes iguales- de generación en generación, por lo que era rarísimo que una persona pudiera tener una profesión diferente a la de sus padres.
Los filólogos, esa extraña profesión consistente en ser especialista en palabras y frases, siempre lo hemos tenido difícil porque nadie está dispuesto a que le toquen su lenguaje. La gente acepta que le riñan por cómo lleva su cuerpo, su coche o su ropa, pero te mira con sospecha cuando te atreves a recriminarle la forma indecorosa de su lengua. Probablemente ello sea debido a que los otros especialistas tienen la suerte de que el paciente les llega ya enfermo ("paciente" viene de PATI, "padecer"), mientras que el nuestro no parece tener problema de comunicación alguno. En realidad, nuestros únicos clientes comprensivos -nuestros verdaderos clientes- son los estudiantes de lenguas segundas: esos sí que te miran agradecidos cuando les corriges aquello de "yo estoy muy bueno/a para relaciones humanas" porque les haces un favor evidente. Pues bien, una de las expresiones que nos suele poner a los filólogos al borde de la apoplejía es la de "catástrofe humanitaria", frasecita a la que tan aficionados se muestran ciertos políticos y ciertos periodistas que la propagan. Resulta que lo del tsunami -dicen- fue una catástrofe humanitaria. Y el terremoto de Irán, otra catástrofe humanitaria. Y la epidemia de sida de África, la mayor catástrofe humanitaria en lo que llevamos de siglo. ¡Un poco de formalidad!: "humanitario" significa "que se interesa por el bien de la humanidad" y, francamente, no parece que ni el tsunami ni un terremoto ni el sida hayan ayudado precisamente a los seres humanos que los padecieron o están padeciendo. Una catástrofe, si afecta al medio ambiente, será una catástrofe ecológica, si a los seres humanos, será una catástrofe humana y así sucesivamente.
Esto pensaba yo hasta que caí con esa gripe que anda haciendo trastadas por todos los rincones del país. Llamé a un amigo médico: me dijo que tenía un virus intestinal -como si no me hubiera dado cuenta- y me recetó una larga lista de específicos que yo, hombre moderno convencido de las bondades de la ciencia, me tomé sin rechistar. Al día siguiente me dolía terriblemente el estómago y no parecía haber mejorado ni un ápice por lo que me decidí a aplicar el plan B, un cocimiento de hierbas que me solía recetar mi abuela y que, según mi amigo, no sirve para nada, pero tampoco me haría mal. Lo adivinaron: se obró el milagro y aquí me tienen escribiendo tan contento. Todos hemos tenido alguna vez este tipo de experiencia, aunque, por supuesto, no se la recomiendo a los que padezcan anginas de pecho o roturas del fémur. Pero a lo que iba: la experiencia de mi gripe me hizo dudar de mi taxativa condena de la expresión "catástrofe humanitaria". ¿Y si hubiera catástrofes de las que se hubieran seguido efectos beneficiosos para la Humanidad? Como filólogo hay un desastre que siempre me ha fascinado y es el de la torre de Babel: parece evidente que si Yahvé no hubiera confundido a los hombres empeñados en construir aquel zigurat, seguiríamos hablando todos una misma lengua, lo cual nos hubiera negado parcelas enormes de cultura, sentimiento y belleza, aparte de provocar un inmenso aburrimiento y de paso dejarnos a algunos sin trabajo. Y, claro, si Babel fue una catástrofe humanitaria, no es imposible que haya habido otras muchas.
Por ejemplo: ¿qué me dicen de esa increíble catástrofe humanitaria del hundimiento de los túneles del Carmel? La ruina y el estrés de los pobres vecinos no se acaba en su desolación: el episodio ha dejado con los cuartos traseros al aire a políticos de varias tendencias y ha destapado el escándalo a voces de las mordidas en nuestras obras públicas.
Otro ejemplo: la catástrofe humanitaria del incendio del Windsor. ¿Qué Ayuntamiento es ese que, no contento con ver cómo se le quemaba el Palacio de Deportes en un abrir y cerrar de ojos hace unos años, ahora asiste impotente al incendio de un rascacielos en un quítame allá esas pajas? Pero esta catástrofe puede tener evidentes efectos humanitarios en otros ayuntamientos españoles. Hace años que entendidos y no entendidos advertimos de las trágicas consecuencias que puede tener el colapso absoluto de las arterias de una ciudad de un millón de habitantes -con puestos de churros, fallas inflamables (son para eso), niños y no tan niños aprendices de incendiarios explotando petardos por las esquinas y, últimamente, enormes entoldados en cada calle y en cada esquina- durante nada menos que una semana. El día menos pensado pasará algo, habrá decenas de víctimas y todo será llanto y rechinar de dientes. Un clarísimo efecto humanitario de la catástrofe del Windsor sería que a alguien se le caiga por fin la venda populista de los ojos en la corporación municipal y decida poner remedio.
Total, que me he acabado convenciendo de que sí existen las catástrofes humanitarias. Y para que vean que los filólogos no estamos de adorno, ahora mismo escribo una carta al director de la RAE pidiéndole que tenga en cuenta esta acepción en la próxima edición. O mejor: podría promover un bombardeo de mensajes a su móvil -un pásalo filológico- con el mismo fin. Tal vez esto sea como los conjuros y las jaculatorias, que cuanto más se repiten, mayor efecto producen.
Ángel López García-Molins es catedrático de Teoría de los Lenguajes de la Universidad de Valencia. (lopez@uv.es)
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 3 de marzo de 2005