Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:MÚSICA

Cuando más no es más

¿Qué tendrá la música de Bach que a todo el mundo le provoca? Empezaron Mozart con las fugas y Mendelssohn con la Pasión según San Mateo; siguieron pianistas sin cuento, hasta el jazzman francés Jacques Loussier con un éxito en su día que hoy acongoja un poco. En 1984 aparecía la transcripción para trío de cuerdas de las Variaciones Goldberg a cargo del estupendo violinista ruso Dmitri Sitkovetski (1954). Se ha dicho hasta la saciedad que Bach lo soporta todo, que su genio se escapa por los pliegues de los arreglos más sedosos y por las esquinas de los más duros. Será verdad, pero no es razón.

En el concierto que el martes proponía Juventudes Musicales se dio esa transcripción de Sitkovetski, aunque nada se dijera ni en los anuncios ni en el programa de mano. Quien lo intuía se lo había confirmado a sí mismo leyendo la entrevista que se publicó en este periódico con Julian Rachlin. El que ni lo intuyera ni leyera EL PAÍS salió del auditorio sin saber el origen de una transformación que no aporta absolutamente nada a la genialidad bachiana ni a las Goldberg. Más bien la inflan, convierten su pertinente complejidad en un ejercicio más de técnica que de limpia expresividad y acaban siendo un trabajo bastante inútil que palidece frente a la majestad del original para tecla. Hasta resulta aburrida cuando el entretejerse innecesario de las tres voces se parece más a una fórmula que a una solución. No siempre más es más.

Juventudes Musicales

Julian Rachlin, violín. Yuri Bashmet, viola. Mischa Maiski, violonchelo. Bach-Sitkovetski: Variaciones Goldberg. Auditorio Nacional. Madrid, 1 de marzo.

Tres maestros

Dicho lo cual, hay que señalar que los encargados de llevar a puerto la fallida pieza lo hicieron con la calidad que atesoran y que les ha hecho estar donde están. Rachlin, Bashmet y Maiski son tres maestros y lucieron como tales. El muy fogoso Rachlin llevó la voz cantante con atención y autoridad, y fue el más decidido en seguir las pautas interpretativas del momento -daba un poco igual, pues el arreglo las hacía innecesarias-, por ejemplo conteniendo bien el vibrato. Bashmet es un músico como la copa de un pino que toca con enorme elegancia sonora un instrumento tan hermoso como poco agradecido, y cada intervención suya se esperaba como un destello. Maiski, a quien en Bach le ha interesado siempre más el corazón que la cabeza, lució su timbre de terciopelo. Es una pena que no tocaran otra cosa. Las reclamaciones, a Sitkovetski.

Hubo una incidencia curiosa que revela hasta qué punto este tipo de programas no acaba de prender en el respetable. En la penúltima variación se le rompió una cuerda a Rachlin y los tres músicos abandonaron el escenario, momento que aprovechó una parte del público para marcharse. Cuando salieron de nuevo los intérpretes, los impacientes que no habían acabado de abandonar la sala debieron quedarse a escuchar, de pie, lo que faltaba. En el pecado llevaron la penitencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 3 de marzo de 2005