Con la licenciatura recién concluida tuve que emigrar a otra comunidad. Hoy, nueve años después, cuando paseo con mi hija por Madrid, me encuentro con compañeros de colegio, de facultad, conocidos de vista, que también tuvieron que marchar. Los censos no reflejan la crudeza de esta diáspora, porque muchos siguen allí empadronados con la esperanza de poder volver algún día. En Salamanca sólo quedan nuestros mayores, nuestras piedras y nuestros estudiantes que dentro de pocos años me encontraré, mientras paseo con mi hija por Madrid.
Pero la mayor preocupación de políticos y medios locales es que no salgan unos legajos de un archivo, mientras diariamente personas y no papeles tienen que salir a buscar un futuro lejos de sus familias y de éstos no queda copia alguna.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 3 de marzo de 2005