Me he dado cuenta a falta de unos tres kilómetros, en esa curva en la que unos cuantos corredores han hecho "un recto" (dícese del que a la vista de una curva y en vista del exceso de velocidad decide tomarla por la tangente, es decir, seguir recto, y que normalmente termina con lo que eufemísticamente denominamos besar el suelo, o pegarse una buena galleta, para entendernos). Sí, va a ser que sí, me he dicho.
Cuando hace unas semanas ví el recorrido del Tour y eché un rápido vistazo a los perfiles e itinerarios, un nombre destacó para mí por encima de los demás. Montargis. No, no era ningún puerto mítico. Tampoco un final habitual. No era ni siquiera una ciudad importante, ningún centro neurálgico, ni suponía un hito concreto en la historia del ciclismo. No, Montargis pasa por ser una ciudad más bien anónima en la inmensidad de Francia y seguramente el hecho de que el Tour haya llegado aquí contribuirá a ensalzar su nombre, y no al revés.
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Pero todo esto es para los demás, porque para mí Montargis es mucho más. Ese nombre despierta en mí una avalancha de sensaciones que me remiten a marzo del pasado año. Allí conseguí ganar una etapa de la París-Niza, lo que supuso para mí además de la alegría lógica por la victoria, una inyección de moral por el hecho de verme de nuevo a un nivel alto después de un año en el que una lesión había estado a punto de apartarme del ciclismo.
Yo entonces corría en el equipo de Tom Boonen, y era él quien tenía que ganar mientras que yo debía lanzarlo. Ambos íbamos en el grupo de cabeza, y de repente Tom tuvo un pinchazo. Su desgracia fue la llave que me abrió la puerta de la oportunidad. Una oportunidad que supe aprovechar por otra parte.
Va a ser que sí, me dije, cuando ví que la meta iba a estar situada en el mismo sitio. Me hacía especial ilusión y recordaba al milímetro cada una de las curvas de la parte final. Como veía que mis compañeros del Rabobank lo tenían complicado en el sprint, me decantaba porque fuese Tom el ganador, más bien por una especie de sentimiento de justicia por aquella oportunidad perdida que por otra cosa.
Cruzaron el último kilómetro y enfilaron el callejón que desembocaba en una curva a derechas de 90 grados. Apuraron la frenada y salieron de ella sanos y salvos, y pensé entonces que si alguien quería sorprender tenía que arrancar justo allí, si no luego sería demasiado tarde. Nadie lo hizo, así que el sprint estaba cantado y de hecho ya lo estaban lanzando. Boonen calculó su distancia y tomó la iniciativa, pero McEwen le cogió la rueda para terminar superándole en el golpe de riñón. Entonces levantó los brazos y yo... también lo hice imaginariamente, porque ni McEwen ni nadie, esa etapa la había ganado yo y nadie más que yo, y así lo sentía.
Pedro Horrillo es ciclista del equipo Rabobank.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 7 de julio de 2005