Hace siglos los poderosos de la tierra, como aquel rey, Francisco I, construían castillos, espectaculares, desmesurados, exaltados, para ofrecer al mundo un testimonio singular de su pasión. Hoy en día, igual de exaltados, desmesurados, espectaculares, prefieren ganar Tours de Francia. Otra pasión. Francisco I mandó construir la desmesura de Chambord, 156 por 117 metros, 440 habitaciones, una escalera surrealista, un río desviado para que se reflejaran en él sus decenas de torres; Lance Armstrong ha ganado ya seis Tours, que al peso equivaldría a un châteaux de 480 habitaciones, y va camino de ganar el séptimo, una ampliación de 80 habitaciones más o menos que quiere abordar con un estilo radicalmente diferente al abrupto, exagerado, poderoso, hormigón y madera, de los seis precedentes. Éste lo quiere con un punto más de clase, de luz, cristal y acero, quizás, algo más grácil, más aéreo. "Este Tour quiero ganarme el corazón de los franceses", dice Armstrong cada dos días. Unos días lo hace ganando, exhibiendo su poderío físico; otros, como ayer, con un guiño a la historia que ha hecho grande al Tour, con un beau geste.
"O te pones el 'maillot' o mañana no te dejo partir", fue la amenaza de Leblanc al líder
Todo buen aficionado sabe o recuerda que Eddy Merckx, en lágrima viva, se negó a vestir el maillot amarillo el día siguiente a la caída de Luis Ocaña, líder innegable del Tour de 1971, en el col de Menté. También está escrito en los anales del Tour que en 1991 Greg LeMond tuvo el mismo gesto caballeresco con el danés Rolf Sorensen, maillot amarillo hasta la víspera, hasta que en una rotonda se rompió la clavícula. Estos detalles de honor y respeto, este código de conducta del Tour quiso recordárselos ayer Lance Armstrong a Jean Marie Leblanc, el sumo sacerdote de la ronda francesa, en breve e intensa conversación-discusión en el kilómetro cero de la etapa.
"Si no hubiera sido por la caída, Zabriskie sería aún el líder", explicó Armstrong. "Por eso quiero correr toda la etapa sin maillot amarillo". Con el blanco y azul de su equipo había pedaleado Armstrong el recorrido neutralizado por una umbría carretera, asfalto rojo, de los bosques que rodean el castillo de Chambord, pero llegados al comienzo real de la etapa, el kilómetro cero, Jean Marie Leblanc ordenó detenerse al pelotón, un mandato inusual. Mandó llamar a Armstrong. "O te pones el amarillo o mañana no te dejo partir", le amenazó.
El breve asalto verbal -el parón no duró más de seis o siete minutos- terminó con el triunfo por KO técnico de Crédit Lyonnais, el banco que patrocina el maillot jaune, pero no por ello Armstrong perdió el alma generosa y, al igual que otros años al día siguiente de vestir su primer maillot de líder, decidió que su equipo no defendería el liderato e hizo ver que no le parecía mal cedérselo a cualquiera que fuera a buscarlo. Al húngaro Bodrogi, por ejemplo. Bodrogi formó parte de una escapada iniciada por el aguerrido Flecha, una fuga que contaba con las bendiciones del Discovery de Armstrong, pero no de los equipos de sprinters. El Quick Step de Boonen y el Davitamon de McEwen se pusieron de acuerdo y entre ambos controlaron el tempo de la fuga, entre ambos la echaron abajo.
A la entrada del bosque de Chambord, señales de tráfico clavadas en los lujuriosos arcenes de tupido césped advierten al automovilista del peligro que le acecha. Animales en libertad, avisan, y para que nadie piense que se refieren a los ciclistas del Tour que habían tomado el lugar, aclaran el mensaje con el grabado de las siluetas de un ciervo y de un jabalí, o cochino jabalí, que decía Wyoming. Sin embargo, si la imagen de un herbívoro, pacífico, coronado, ciervo queda lejos de la de un abnegado, sufrido, esforzado ciclista, más de uno estaría tentado de asociar la del omnívoro, agresivo, tenaz jabalí a la de algún corredor en particular, a la de Robbie McEwen, por ejemplo.
McEwen, australiano, equilibrista, insensato, se define a sí mismo, a su oficio de sprinter, en términos casi animales. "Funcionamos por instinto. No hay nada premeditado", advierte con esa mirada suya, asesina, que asusta hasta cuando está calmo. "Si te meten el codo tú metes el codo. Si te caes, te levantas, y al día siguiente vuelves a intentarlo. Hay que ser duro. Nunca hay que tener miedo".
Fiel a su credo, no hay sprint en el que intervenga el australiano en el que no se produzcan olas, frenazos, chirridos, insultos, codazos, empujones. En el del lunes, cuando la segunda victoria de Boonen, su conducta le costó la descalificación. Ayer le dio a él la victoria y al aficionado le privó un día más de poder medir la valía al sprint del catalán Gálvez. Sacó los codos, con furia, en una rotonda a tres kilómetros de la meta tomada a tal velocidad que la fuerza centrífuga le envió contra la acera. Antes de caer él, su codo salvador envió a Gálvez al suelo. Después en la última recta, su habilidad pugilística le permitió coger la rueda de Boonen, el sprinter poderoso, elegante, el caballo purasangre, y superarle con él último golpe de riñón.
Y Giovanni Lombardi, el sprinter que fue lanzador de Cipollini, sentenció: "Un sprinter tiene que ser así".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 7 de julio de 2005