El deporte y la política a menudo se dan la mano, pero pocas veces en un momento tan decisivo. La designación de Londres para organizar los Juegos Olímpicos en 2012 se convirtió en un nuevo capítulo de la batalla que enfrenta desde hace tiempo a Reino Unido y Francia (guerra de Irak, UE...) y en un nuevo pulso personal entre el primer ministro británico, Tony Blair, y el presidente francés, Jacques Chirac. Esta victoria llega horas antes de la inauguración de la cumbre del Grupo de los Ocho (G-8) en Gleneagles (Escocia), a la que el presidente francés llegó fatigado y con cara de circunstancias.
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La batalla olímpica puede acabar afectando de manera decisiva a la cumbre de Gleneagles. En primer lugar, acaparó la atención de los medios durante todo el día, aliviando la presión creada en torno a las conclusiones del encuentro, que amenazan con transformarse en un fracaso para Blair, con acuerdos modestos en los planes de ayuda a África y claramente a la baja respecto a las expectativas que se habían creado sobre el cambio climático. El primer ministro y su canciller del Exchequer y ministro del Tesoro, Gordon Brown, han ido rebajando en los últimos días el listón de sus objetivos, acomodando a la opinión pública a un acuerdo más modesto.
En segundo lugar, puede extremar las posiciones de Chirac en las negociaciones de la cumbre. El presidente francés puede verse tentado a encerrarse en sí mismo y buscar una vendetta contra el político que lleva semanas amargándole la vida. O puede haberle sumido en la depresión del perdedor, del hombre rechazado por su electorado y que estropea todo lo que toca, desde la Constitución europea hasta la candidatura de París.
Chirac llegó ayer por la tarde a Gleneagles con más apariencia de lo segundo que de lo primero. Cansado tras un vuelo de 14 horas desde Singapur, apenas tenía ánimos para repartir sus sonrisas de viejo lobo de la política y, tras escuchar la Marsellesa con aspecto ensimismado, pronunció una breve declaración de felicitación tanto a Londres "de todo corazón" como a los organizadores de la candidatura de París. Su mensaje personal, adelantado unas pocas horas en forma de nota escrita, llegó algo tarde para los medios de hoy en día, cuando habían pasado casi seis horas desde la proclamación de la victoria de Londres.
La imagen avejentada y apagada de Chirac contrastó con la jovialidad y vitalidad de Blair, que compareció ante las cámaras apenas unos minutos después del triunfo de su capital. La victoria olímpica ha reforzado la resurrección política de un primer ministro que estaba en la cuerda floja tras una legislatura marcada por la crisis de Irak y una victoria conseguida sobre todo gracias a las contribuciones decisivas de Gordon Brown, su gran rival político dentro del laborismo.
Aunque apretado por las premuras de última hora ante una cumbre en la que no tiene los cabos tan atados como querría, Blair ha pasado dos días en Singapur buscando votos para Londres con su sola presencia. Chirac, en cambio, ha pasado apenas unas horas y ha parecido no estar en ningún sitio a tiempo: ni en Singapur ni en Gleneagles.
El primer ministro se ha apresurado a dejar claro que no espera una cumbre más difícil por la derrota de París a manos de Londres y se ha apresurado a tener palabras respetuosas y cariñosas con el gran rival francés y con el resto de candidaturas que se han quedado en el camino. La víspera no quiso entrar en polémicas con Chirac después de que llegara a la prensa las despreciativas bromas del presidente francés sobre la gastronomía británica, de la que piensa que es la peor después de la de Finlandia y que lo único sobresaliente que ha aportado al mundo es la enfermedad de las vacas locas.
Triunfo de la modernidad
No ha sido sólo una victoria personal. El triunfo de Blair va a ser interpretado en el Reino Unido como la victoria de la modernidad. Londres ha sido capaz de construir en apenas tres años una candidatura que ha surgido de la nada y que se ha impuesto a un rival que lleva dos decenios detrás del sueño olímpico. Será leída como una demostración de la creciente influencia anglosajona y como una muestra más del declive de Francia y, con ella, de un continente europeo que se resiste a reformarse y abrazar el modelo político y social que supone en estos momentos el Reino Unido. De alguna manera, será vista como una prueba de que hay que abandonar políticas consideradas anticuadas, como los subsidios agrícolas de la UE.
La coherencia o no de estas interpretaciones tiene una importancia muy relativa porque lo difícil es negar que Tony Blair tiene ayer más fuerza que anteayer para defender su modelo de Europa y su visión de las relaciones que Europa y los países desarrollados han de tener con el mundo en desarrollo. Esa fuerza puede ser importante en la cumbre de Gleneagles, aunque a la hora de la verdad cada uno de los líderes se refugia en sus intereses más tangibles para adoptar una posición o la contraria.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 7 de julio de 2005