Es domingo. Casi la hora de comer. Falon, una joven de Malí vestida elegantemente con una camiseta y una falda rosa, se apea de un todoterreno a las puertas del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Melilla. Vuelve de la misa a la que ha asistido en una iglesia evangélica del centro de la ciudad. En brazos, lleva a su bebé, Tawi, de un mes, que nació en España. Del vehículo se bajan varias mujeres, todas jóvenes, todas arregladas y guapas, casi todas con niños que parecen de anuncio.
Algunas se han reencontrado aquí con sus maridos. Pero otras no saben nada de ellos desde hace días, o incluso meses. Aunque emigren juntos desde sus países de origen, al llegar a los bosques de Nador, la provincia marroquí colindante con Melilla, han de entrar a Europa por puertas distintas. Los hombres, normalmente, tratan de saltar la valla, en avalanchas cada vez más masivas, donde la fuerza, la resistencia y la velocidad son clave. Las mujeres, mientras, caminan bordeando el mar en la frontera norte de la ciudad, en los cortados de Aguadú.
Ellas entran a pie con sus hijos por las rocas del acantilado. Ellos lo intentan a nado
Con sus hijos a la espalda o de la mano, o embarazadas, bajan desde los pinares de Rostrogordo, en el lado marroquí hacia el mar, por un empinado camino de tierra. El acantilado mide más de 30 metros de altura. Algunas llegan hasta la orilla, y andan sobre las rocas resbaladizas. Otras se quedan a unos 10 metros por encima, siguiendo un camino de cabras entre piedras y matorrales.
Sin valla en los cortados ni en el mar, llegar a suelo español es cuestión de mantener el equilibrio durante cerca de un kilómetro. Normalmente, lo intentan cuando ha oscurecido, aunque no de noche cerrada. Pueden llegar solas o en grupos, aunque en los últimos días no lo ha intentando nadie. Las autoridades lo saben y tienen previsto colocar una escollera y vallas en la zona (sobre el acantilado y a pie de costa) para cerrarles el paso. Si es posible.
"Tardé una hora", recuerda Victoria, de 23 años, que entró embarazada de tres meses. "El camino es muy difícil", asegura esta joven de Ghana. Dice que bajó con una decena de hombres, pero que ellos cayeron, o se tiraron al agua. Normalmente, los guardias civiles que vigilan desde su todoterreno a la orilla del mar dejan pasar a las mujeres, niños y heridos por razones humanitarias, tras avisar a sus mandos. Si es necesario, se envía una ambulancia. Pero no sucede igual con los hombres sanos, que lo intentan a nado.
A un mes de salir de cuentas, Victoria vuelve al CETI acarreando una garrafa de agua. Vivió un año en el monte Gurugú antes de pasar. Su marido no lo ha logrado, y no sabe dónde está desde la última vez que habló con él por teléfono, hace un mes. En una situación parecida está Falon. Su marido, Sidi Jara, es uno de los inmigrantes que las autoridades marroquíes abandonaron en el desierto, y que ahora pretenden repatriar a su país. La joven de Malí y dos de sus cuñadas, Salima y Kadiya, se enteraron el sábado de que Sidi estaba bien a través de EL PAÍS. Al día siguiente, al volver de misa, Falon, aunque nada habladora, se acerca para mostrar a su bebé, que duerme en sus brazos. El padre no lo conoce aún.
Falon entró en Melilla en agosto. Al mes nació Tawi. Al principio, cuentan sus cuñadas, el bebé estaba algo enfermo, porque la madre, que pasó casi todo el embarazo en los bosques de Nador, no se había alimentado bien. Pero ahora está muy sano. Salima llegó hace unos 15 días, y Kadiya, hace un mes. Todas lo hicieron a través de Aguadú. Tienen otro hermano en el CETI, aunque ahora el que las preocupa es Sidi. "No tiene qué comer ni beber", se lamentan. Al ser preguntadas por la posibilidad de que le repatríen, consideran que es mejor que no vuelva a intentar el salto a la valla. "Aquí han cambiado las cosas, ya no es tan fácil", opinan.
En el interior del CETI viven unas 60 mujeres subsaharianas, de las que la mitad tiene hijos, según Prince Kennedy Iyoha, presidente de la Comunidad Africana Residente en España, que ha visitado el centro este fin de semana. Este nigeriano, que reside en Asturias, critica las medidas adoptadas por España y Marruecos para frenar la entrada de sin papeles, como el envío de militares contra civiles, y alerta de las condiciones de vida de los subsaharianos en el monte. Según explica, son extorsionados por las fuerzas marroquíes y las mujeres, violadas.
Las inmigrantes no suelen permanecer entre las decenas de hombres que entretienen el día en la explanada del complejo, sino que se quedan dentro, donde reciben clases de español, o bajan a pasear o a comprar algo de ropa a la ciudad, empujando los carritos con sus hijos. Dentro existe una guardería para los niños a partir de dos años, donde también aprenden castellano. No hay mucho más que hacer, en tanto llega un traslado a algún centro de internamiento o piso de acogida de alguna ONG de la Península.
Según Kennedy, una vez llegan a Melilla, hombres y mujeres sienten decepción e impotencia ante la imposibilidad de conseguir papeles y trabajo. "Antes de cruzar, traen muchas esperanzas, pero después ven que la realidad es distinta a la información que tenían. Pero no quieren volver, porque muchos han vendido todo lo que tienen o su familia ha empeñado sus posesiones para pagar a las mafias que los traen aquí", explica. Por eso, ha propuesto a la dirección del CETI hacer un reportaje sobre la situación de los subsaharianos en España, que se emita en los países de origen.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de octubre de 2005