La primera semana del Tour, dicen los apasionados de la acción, es muy aburrida, no pasa nada, son etapas para ver adormilado y despertarse con los ruidos del sprint. Qué va, qué va, responden los apasionados del Tour que consideran gente sin sustancia a quienes esperan que la carrera sea una sucesión fulgurante de escaladas y momentos fuertes. La primera semana del Tour sirve para muchas otras cosas, dicen. Es la semana del aprendizaje.
En efecto, en efecto. Entre fuga frustrada, sprint masivo y caídas varias, en la primera semana se puede aprender mucha geografía útil para los crucigramas -los ríos de Francia, por Cae pasa el Orne, la capital de Calvados, que es Caen, las colinas normandas, cosas de ésas-, un poco de historia y algo de cultura, como que Marcel Proust pasó unos cuantos años de su vida, buscando el tiempo perdido, en el hotel de las rocas negras, el Balbec de la magdalena, en la playa de Caburgo, a pocos metros de donde el pelotón, ayer, pasó a toda velocidad, viento tres cuartos de espalda, a la busca de los fugados matinales, el mínimo Dumoulin, el más bajito del Tour, y el serio germano Schroeder. También da la primera semana, por ejemplo, para aprender los comportamientos íntimos de los miembros de la gendarmerie, la guardia civil francesa, en los momentos de más gloria nacional, como la noche del miércoles, 1-0 a Portugal, la que pasará a la historia como la del millón de cláxones. Un ruido de algarabía cacofónica al que habría que añadir, contrapunto único armonizado tras las paredes de papel del hotel Campanile de turno, el chirrido estremecido y cadencioso del somier de la cama de la habitación del motorista de al lado. Al pitido final del árbitro le siguió un grito de alegría y 15 segundos en crescendo acelerado, hasta alcanzar una velocidad increíble. Gloria nacional y gloria personal perfectamente conjugadas. Luego el placer y el silencio. Como un sprint. De McEwen, por ejemplo. De Freire, también.
Hizo lo que ningún 'sprinter' clásico haría nunca y menos con el viento de cara
Fue tan loco el movimiento que Boonen se quedó en suspenso, dudando
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McEwen, el australiano que ha ganado dos etapas, decía que la primera semana le valía para repasar vídeos, sprints, para aprender a ganar mejor. Óscar Freire, que ayer ganó la etapa, podría añadir que la primera semana, la semana del sprinter, le vale para enseñar a los demás las infinitas armas de que dispone llegado los 300 metros finales.
Freire, el bicho raro del sprint mundial, corredor que lleva la contraria a la aritmética de los de su especialidad, que calculan su éxito según su número de victorias, sin distinguir cómo, dónde, ante quién las consiguen, como si fueran tiendas de telas al peso, tiene un palmarés no muy nutrido en cantidad pero espectacular en calidad: tres mundiales, una Milán-San Remo, etapas de todo tipo en todo tipo de carreras... No es Petacchi, aún lesionado, para quien el triunfo es simplemente el último toque de un proceso de fabricación en el que interviene todo el equipo. Para Freire, cada victoria tiene su historia. Pequeña o grande. Siempre íntima. La penúltima que consiguió, una etapa en la Vuelta a Suiza, la logró después de dejar a sus compañeros de larga escapada mediante el expeditivo método de saltarse una mediana a 50 por hora y tomar una rotonda por la izquierda. Lo de ayer no fue tan curioso, pero sí tan espectacular. O más. O eso pareció.
"He ganado y eso que me equivoqué", dijo Freire, que, para vencer la frustración de los previos tres sprints fallidos, hizo lo que nunca había hecho antes, lo que ningún sprinter de escuela clásica haría nunca y menos en una llegada con el viento de cara. Faltaban más de 300 metros aun cuando el belga Steegmans, el último lanzador de McEwen, cesó en su esfuerzo, frenando poco a poco por la derecha, por la vía, en teoría lenta, mientras los bólidos, su McEwen, el amarillo Boonen y demás, se lanzaban por la izquierda. Y fue entonces, tan lejos, cuando como un misil, salió de la sombra de Steegmans una figura naranja y ágil. Cú-cú, sorpresa, aquí estoy yo. Fue tan inesperado el movimiento, tan loco, tan lejano, que Boonen, el académico, que ya estaba con la batuta midiendo los tiempos de su lanzamiento, se quedó instantáneamente en suspenso, dudando. Cuando reaccionó, cundo viró su trayectoria para tomar la estela del cántabro, ya había perdido unos segundos, unos metros imposibles. Una victoria, la segunda que consigue en el Tour tras la lograda en 2002, con una pequeña historia.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de julio de 2006