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Necrológica:

Ernesto Castro Fariñas, médico cardiólogo

Se enfrentó al yerno de Franco como miembro de su equipo médico

Lo que destacaba a primera vista de Ernesto Castro Fariñas, médico, eran su bondad y su nobleza; era tinerfeño, de Tacoronte, y a pesar de que hizo la mayor parte de su vida estudiantil y profesional fuera de las islas, mantuvo siempre el acento y el aspecto de insular afable, introvertido, que dice las palabras justas en el momento oportuno. Por decir las palabras justas en el momento oportuno pasó a la historia por una anécdota que entonces constituyó un episodio grave que ya está en todos los libros de historia: él fue quien, como uno de los especialistas que atendieron a Franco en las últimas semanas del dictador, le paró los pies al marqués de Villaverde, con quien compartía la especialidad cardiovascular. Villaverde (Cristóbal Martínez Bordiu) era partidario de un tratamiento para su suegro que Castro consideró disparatado, y salió adelante la tesis del médico canario.

Castro Fariñas murió el pasado sábado, en Madrid, donde vivió gran parte de su vida. Tenía 85 años. Durante la mayor parte de su tiempo profesional, que concluyó en 1987, jubilado contra su voluntad, fue jefe del servicio de cirugía cardiovascular en el Gran Hospital de la Beneficencia, donde se ganó la simpatía de sus colegas y de sus enfermos, a los que trató con las armas de la ciencia, en las que fue un avanzado, y con las viejas armas de los médicos: el trato directo, sencillo, humanitario. Estudió, con becas, en Estados Unidos, y con el doctor Jiménez Díaz, en la clínica de éste en Madrid.

Él fue el primero que hizo en España, a final de los años cincuenta, una operación extracorpórea de corazón. Fue presidente de la organización que agrupa a los cirujanos cardiovasculares de todo el mundo. Y después de su jubilación siguió atentamente (por Internet, por las revistas) el desarrollo de la medicina, estuvo intelectualmente muy activo y, como dijo ayer en El Día de Tenerife su hermano Alberto (anestesista, trabajó con él), siguió aprendiendo otras disciplinas, se hizo capitán de yate, y se hizo también radioaficionado...

Heredó de su padre, Antonio Castro, el médico de Tacoronte de principios de siglo, esa pasión por la radio; hay un hecho en la vida de éste que debió marcar sin duda a su hijo Ernesto: Antonio Castro era masón y socialista, le detuvieron en el comienzo de la Guerra Civil, le encarcelaron en Fyffes (el empaquetado de plátanos donde fueron presos intelectuales, profesionales y miembros de los partidos republicanos y de izquierdas en Tenerife) y se incautaron de su radio... Estuvo a punto de ser ejecutado, se salvó y le devolvieron la radio.

Ernesto Castro fue de las Juventudes Socialistas, mantuvo el rescoldo republicano, y con el paso del tiempo fue médico de uno de aquellos compañeros de su padre en la prisión de Fyffes, Domingo Pérez Minik, intelectual autodidacto que formó parte de la generación cultural y política de la República, y que desde los años sesenta requirió de los servicios cardiovasculares de su paisano.

El doctor Castro Fariñas tenía tres hermanos. Gonzalo fue una de las más importantes cabezas universitarias en Venezuela y José Ángel fue un alto funcionario del Ministerio de Información y Turismo; a él se debe en gran parte la que desde los sesenta se llama ley Fraga, el primer atisbo liberalizador del régimen cuyo responsable terminó siendo paciente de Ernesto Castro Fariñas. Trató a Franco, dijo alguna vez el médico fallecido, "como un paciente más, como era natural".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 8 de agosto de 2006