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FOTOGRAFÍA

Un libro descubre la mirada privilegiada de Paco Ontañón

Abrir un diario o un libro y descubrir una fotografía concebida desde la pupila de Francisco Ontañón equivale a asomarse a una ventana y aspirar el frescor de la brisa. La mirada se detiene entonces y atrapa esa única imagen de cuantas flotan a su capricho por el éter. Esa imagen es, precisamente, la que significa; la que informa. Es un instante, perenne, de libertad y de vida.

Sólo quien ha experimentado antes esa sensación de libertad es capaz de brindarla luego a los demás. Y Ontañón es libre, es decir, está sometido al riesgo que implica el vivir, desde la Barcelona de su infancia, donde nació en 1930: casi todo allí se presentaba a la vista y la disposición de las cosas mostraba ya un relato de cuyo discurrir el futuro fotógrafo tomaría buena cuenta para agarrar su hilo y enhebrarlo a la aguja con la que coserlo a la mirada de los demás.

El despertar al anhelo por la luz pudo llegar para Francisco Ontañón de ese sol que de ya de mañana esparce hebras de oro en las fontanas transparentes de Barcelona; quizá procede del ondulante mar -bressol de tots els blaus, que cantara Llach- o, tal vez, de esos callejones del barrio gótico, por donde se filtran haces de luz como serruchos, tajados por las saetas de algún pináculo medieval. Pero lo más probable es que los primeros impactos que bañaron su retina fueran esas penumbras que parecen surgir de las silenciosas maderas, oscuras y aromadas, que asientan los mostradores rematados por latón de las tabernas y los cafetuchos del barrio chino, hoy Raval, un paisaje por él bien conocido.

Ontañón estaba predestinado a la pugna entre la sombra y la luz; por ello, casi adolescente y con una cámara al hombro, se introdujo en Afal, uno de los primeros grupos innovadores que intentaron, con éxito, transformar la ilustración en información gráfica y la información gráfica, en arte. Dar ese salto sólo era posible más para muy pocos, entre los que Ontañón se contaba. Él saltaría casi en solitario, provisto de los secretos siempre bien guardados de su artesanía. Refunfuñón, pesimista y mirador de lo que cuesta el esfuerzo -así lo definen con una sonrisa quienes adoran haber trabajado con él- el fotógrafo, también reportero gráfico en EL PAÍS, ha recorrido medio mundo y ha firmado algunos de los reportajes más importantes de los publicados en España durante los últimos 40 años.

En su retina se archivan instantáneas que abarcan desde la España del Seat 600 -de cuya carrocería de par en par solo falta percibir el olor de los filetes empanados- hasta la boda del rey Balduino con aquella madrileña "fea pero buena" que ha sido Fabiola de Mora y Aragón, o el viaje a Tierra Santa de un Pontífice como Pablo VI. Pero, por encima de la crónica, de la instantánea o del paisaje por encargo del Ministerio de Información y Turismo, este orfebre de la luz buscó siempre algo tan gratuito e irrepetible como la sonrisa de un niño.

Tal vez ese niño sea él mismo, que ocupa la primera y la última placa de un carrete sin revelar que sólo Ontañón conserva custodiado en su retina, la misma que regaló a los demás con sus mejores otras miradas.

Francisco Ontañón. Ediciones La Fábrica. Photobolsillo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 8 de agosto de 2006