Sri Lanka se encamina hacia la generalización de su guerra civil no declarada. El alto el fuego nominal, tan trabajosamente conseguido en 2002, se desmorona por momentos, con pretextos cada vez menos comprensibles para el mundo exterior y ante la presión evidente del ala más dura tanto del Gobierno de Colombo como de la guerrilla independentista tamil. La confrontación es ahora especialmente violenta en el noreste de la isla del Índico, en torno a la bahía de Trincomalee, de donde huyen decenas de miles de personas y donde el último y brutal episodio es el aparente asesinato de 17 cooperantes locales de una ONG francesa por alguno de los bandos en pugna.
El de Sri Lanka es un conflicto sectario que se mantiene después de 23 años y más de 70.000 víctimas, sustentado por el odio entre la mayoría cingalesa y la minoría tamil, y alimentado por la intransigencia de unos y otros cada vez que ha habido una oportunidad de paz. Sólo en este año, y antes de los choques en curso, han muerto más de 900 personas en enfrentamientos y actos terroristas, la mitad de ellas civiles. El incremento reciente de las acciones guerrilleras sugiere que los Tigres de Liberación -una fuerza bien armada y motivada, con capacidad para infligir grandes pérdidas al Ejército de Sri Lanka- apuestan de nuevo por la contienda total en su empeño por conseguir la autonomía de las zonas en las que mantienen un Estado de facto.
Las posibilidades de mediación europeas son ya prácticamente inexistentes, tras la inclusión por la UE de la guerrilla tamil entre los grupos terroristas, en junio pasado, y el subsiguiente ultimátum de los tigres a los observadores nórdicos del teórico alto el fuego para que abandonen el país antes del primero de septiembre. La diplomacia noruega, que consiguió la tregua de 2002 y se ha mantenido activa hasta ahora, naufraga en sus renovados intentos por imponer el sentido común entre los contendientes.
Sólo India, como superpoder regional, puede detener el sangriento tobogán, aunque saliese escaldada de su intervención en Sri Lanka entre 1987 y 1990, cuya consecuencia directa fue el asesinato en 1991 del que fuera primer ministro Rajiv Gandhi a manos de un terrorista suicida tamil. Colombo ve a su gran vecino del norte como un poder escasamente neutral, por los 60 millones de tamiles que habitan el estado más sureño de India. Pero, precisamente por ello -la eventual llamada del separatismo-, Delhi tiene muy buenos motivos para oponerse a un Estado independiente tamil en Sri Lanka. La reciente visita a Colombo de un alto representante indio para ofrecer ayuda es el único rayo de esperanza en una situación explosiva.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 8 de agosto de 2006