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Tribuna:

Retirarse de Irak

Los acontecimientos en Irak dan cada vez menos muestras de que la invasión estadounidense de ese país vaya a ser el éxito que los neoconservadores predijeron con tanta seguridad. No sorprende, pues, que los ciudadanos estadounidenses se inclinen cada vez más por la idea de establecer un calendario para retirarse de esta empresa mal concebida. Y tampoco sorprende leer los argumentos apasionados de quienes desean seguir el camino trazado. Es el "argumento de la credibilidad".

Ésta es la línea de ese razonamiento: los reveses militares y políticos en Irak tal vez hayan costado a Estados Unidos mucho más de lo que se calculó -¡cómo lo sentimos!-, pero si ahora recogemos nuestras cartas, las consecuencias serán mucho peores. La guerra civil y la carnicería étnica en Irak, y la propagación del caos a los países vecinos, serían sólo las consecuencias inmediatas de la retirada de las tropas estadounidenses. La secuela mucho mayor sería que todos los enemigos del modo de vida democrático occidental, al observar la humillación y la debilidad de la superpotencia mundial, podrían animarse a perpetrar nuevos ataques. Quienes en Europa y en otras partes critican a Estados Unidos se regocijarían, y los amigos de Estados Unidos perderían la fe. La lucha, por lo tanto, debe continuar.

Nadie sabe lo que puede deparar el futuro, tanto si Estados Unidos lucha durante años en Irak como si prepara una retirada temprana. Pero antes de aceptar la teoría catastrófica, podríamos examinar unos cuantos ejemplos anteriores de retirada imperial que acabó siendo mucho menos desastrosa para la metrópoli de lo que algunos temían.

En 1947, el Gobierno británico se retiró de la totalidad del subcontinente indio y renunció también a su mandato en Palestina. Por mucho que intentaron sus dirigentes reconciliar a hindúes y musulmanes y a árabes y judíos, sus esfuerzos fueron en vano, y los costes para Gran Bretaña simplemente se volvieron excesivos. Al retirarse de India y Palestina, Gran Bretaña recuperó la maniobrabilidad perdida. Pudo empezar a equilibrar su presupuesto, participar de manera más activa en la aplicación del Plan Marshall y tener tropas disponibles en Alemania Occidental para la creación de la OTAN. Vale la pena señalar que, en el caso de India, el Gobierno británico avisó con 15 meses de antelación a las facciones hindú y musulmana de su retirada. En el caso de Palestina, los británicos pidieron a Naciones Unidas que se hiciera cargo de algo que constituía un problema internacional más que un problema de policía imperial. Ambos precedentes pueden hacernos reflexionar hoy.

En 1962, el general Charles de Gaulle decidió poner fin a los intentos de su país por gobernar Argelia. La decisión fue muy controvertida, pero retiró una enorme carga de los hombros de Francia. La guerra de Argelia había consumido tantos recursos que había convertido a Francia en una potencia de segunda. Una vez liberada, se convirtió rápidamente en un poderoso actor independiente por el que Estados Unidos, la Unión Soviética y Gran Bretaña sintieron un nuevo respeto. Es asombroso lo que uno puede hacer cuando ya no tiene las manos atadas a la espalda.

En 1973, Richard Nixon decidió poner fin a la intervención estadounidense en Vietnam. La guerra había convertido a Estados Unidos en un gigante tullido, hundido la moral de sus Fuerzas Armadas, debilitado su economía, dividido a la opinión pública del país y provocado la aversión del mundo. Los conservadores estadounidenses se opusieron en vano, alegando que la retirada perjudicaría irrevocablemente el poder y la influencia de su país en el mundo. Pero su consecuencia fue permitir que Washington se convirtiera en una potencia mucho más eficaz en Europa y en Oriente Próximo, y darle mayor capacidad de presión frente a la Unión Soviética y China.

No estoy defendiendo una retirada instantánea y catastrófica de Irak la próxima semana. Pero ha llegado el momento de mantener en el Congreso un debate serio para fijar un plazo análogo al establecido por los británicos para marcharse de India. ¿Trabajarán los iraquíes dentro de este marco temporal para obtener un acuerdo decente y poner fin al derramamiento de sangre? No lo sabemos (y recordemos que la partición de India y Pakistán provocó grandes matanzas antes de que se estabilizaran las fronteras). Pero todas las partes habrán sido advertidas con antelación.

¿Odiarán todo esto Dick Cheney y su menguante banda de neoconservadores? Seguramente. Pero no nos estaremos retirando de Kuwait, Afganistán, Arabia Saudí o los países del Golfo, ni reduciendo nuestro compromiso con Israel. Una retirada no conduce inevitablemente a otra. Y tenemos cosas mejores que hacer.

Una vez liberados del sumidero iraquí, podríamos gozar de mayor flexibilidad para perseguir los objetivos estadounidenses en Europa, África, Latinoamérica y Asia. Un Estados Unidos liberado de sus ataduras en Bagdad sería un actor mucho más ágil respecto a Moscú, Pekín y Nueva Delhi, cosa que esos gobiernos tienen muy clara y que es la razón por la que prefieren que sigamos empantanados en las arenas de Mesopotamia. Cualquier regocijo de los enemigos de Estados Unidos ante nuestra retirada de Irak sería prematuro y de corta duración. Nos libraríamos de un íncubo que ya amenaza con envenenar nuestra política interior y que nos distrae de los acontecimientos importantes que tienen lugar en otras partes del mundo.

Bismarck dijo que los Balcanes no valían lo que los huesos de un granadero pomeranio. Irak no merece la vida de otro pelotón del cuerpo de marines. Limitémonos a anunciar que tenemos intención de retirarnos en algún momento de 2007. Y veremos a las cucarachas correr despavoridas.

Paul Kennedy es titular de la cátedra J. Richardson de Historia y director de Estudios de Seguridad Internacional de la Universidad de Yale. Traducción de News Clips. © 2006, Tribune Media Services.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 8 de agosto de 2006