Mientras escribo esto, las llamas devoran hectáreas de bosque a pocos kilómetros de donde vivo, amenazando mi casa. "Arde Galicia có lume forestal", decían hace años Os Resentidos en una canción que tristemente vuelve a hacerse realidad. Y es que este ritual, como las mareas negras, se repite cíclicamente, como si fuese parte de la planificación forestal.
Galicia es propensa a sufrir desastres ecológicos. Chapapote, fuego, hormigón. Voraces promotoras inmobiliarias miran babeando hacia aquí tras agotarse la costa levantina, y más ahora, ante tanto bosque quemado a recalificar. Y los alcaldes los reciben con los brazos abiertos, sabiendo que es la manera más rápida de llenar las arcas de municipios carentes de industria pero con hectáreas de suelo disponible. Lo que se debía haber invertido en la modernización del campo se ha malgastado en kilómetros de autovías durante el megalómano mandato fraguista (con el beneplácito de Bruselas), y lo que antes eran fértiles praderas y cultivos ahora son rentables plantaciones de eucaliptos fáciles de mantener. Pero se trata de una especie invasora que agota el agua y los nutrientes, acaba con los húmedos bosques autóctonos (que difícilmente arden) y que además es extremadamente inflamable.
La falta de planificación se paga. Se piden más medios de extinción, pero nadie los pide de prevención. Y en caso de incendio, se supone que el Ejército es un grupo de profesionales preparados para defendernos ante cualquier enemigo, sea una nación, una marea negra o un incendio forestal. Pero el Gobierno parece no saberlo y reacciona tarde, para guardar las apariencias, cuando el desastre ya es noticia de cabecera de periódicos e informativos.
Es increíble que los que provoquen el fuego sean conciudadanos sin escrúpulos a los que no les duele ver cómo se mutila el paisaje y se ponen en peligro vidas humanas.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 8 de agosto de 2006