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Editorial:

El pozo afgano

Tanto Estados Unidos como la OTAN se hallan cada vez más enfangados en Afganistán. Ayer, al menos 16 civiles y 2 soldados estadounidenses murieron en el mayor atentado suicida ocurrido en Kabul desde la caída del régimen talibán a finales de 2001. No es casual que el ataque se haya producido en vísperas del quinto aniversario del 11-S, un mensaje directo de la red de Al Qaeda y de su satélite talibán de que su fuerza sigue muy viva. El despliegue de cerca de 20.000 soldados americanos en la zona oriental para contrarrestar la insurgencia está claro que no ha dado frutos cinco años después. Es verdad que una parte de ello se debe a la falta de voluntad de Pakistán, que continúa siendo santuario de las milicias talibanes, por mucho que el presidente Musharraf haya tratado de justificarse con su homólogo afgano, Hamid Karzai, en su visita el pasado jueves a Kabul.

Si el desconcierto estadounidense es grande, todavía es mayor el de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF), comandada por la OTAN, que desde el pasado 31 de julio ha asumido el control de la zona sur, con unos 10.000 de los 18.500 efectivos que tiene desplegada esta misión, en la que participa también España con 700 soldados. La parte meridional se ha convertido en otro avispero talibán y, tal como admiten fuentes militares atlánticas, la ISAF ha subestimado el poder rebelde y no está suficientemente preparada. Cabe preguntarse por qué entonces los aliados dieron luz verde a la ampliación de una misión que originalmente tuvo sólo la función de mantenimiento de la paz y de ayuda a la reconstrucción del devastado y misérrimo país, y que se ha convertido en una operación de mucha más envergadura y riesgo y sin un horizonte claro. Hay que pensar que forma parte de esa alegría diplomática con la que los socios atlánticos suscriben a veces compromisos y luego los incumplen, como se quejaba el ex secretario general de la OTAN, George Robertson, y ahora lo percibe su sucesor, Jaap de Hoop Scheffer, quien ha dicho que algunos aliados, en referencia a Alemania, cuyos soldados se hallan en una zona poco conflictiva, deberían contribuir más, como ya lo ha hecho especialmente el Reino Unido.

El general James Jones, comandante supremo aliado, ha pedido un esfuerzo suplementario de efectivos (2.500 soldados más), así como helicópteros de combate y aviones de transporte. No va a ser sencillo satisfacer su petición, justo cuando países como Italia, Francia o España han enviado tropas a Líbano. Resulta evidente que Afganistán se ha convertido en un "pequeño Irak" para EE UU y sus aliados -y eso significa un fracaso tanto militar como político, incluyendo en este apartado el Gobierno de Karzai-. Pero sería una grave irresponsabilidad abandonarlo a su suerte.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de septiembre de 2006