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Reportaje:

Hornby, tal como era

El escritor inglés triunfa en Sevilla junto al grupo Marah, con una defensa elocuente del rock

Lo último de Nick Hornby era un pequeño acontecimiento semanal. Lo último, y aquello ocurría alrededor de 1991 o 1992, era una brillante crónica de un partido de medio pelo de la Liga inglesa, o un reportaje sobre O.V. Wright, el casi desconocido cantante de soul que mereció desafiar a Otis Redding. Lo último de Nick Hornby se esperaba aquí y allá por una pequeña secta de seguidores. Uno descolgaba el teléfono y llamaba a Barcelona, o Milán, y alguien respondía: "Sí, lo he leído. El tipo lo clava". ¿Qué hacía diferente a Hornby de los demás periodistas? Aparentemente nada. Trabajaba en el excitante The Independent de aquellos días y no ocupaba un puesto relevante en el periódico: pequeñas crónicas de los partidos que no cubrían los popes de la sección, comentarios sueltos sobre discos, un papel sin apenas relevancia. Pero en el gremio se sabía que Hornby era el elegido. Sus crónicas tenían el punto justo de emoción, estilo, conocimiento, ironía y humanidad. Sus críticas mezclaban erudición con humor, intensidad con finura, opiniones firmes y una generosidad extrema. Hornby era elegante y divertido. Hornby estaba destinado a hacer algo grande. Y vaya que sí lo hizo.

"El rock sigue siendo necesario porque: ¿quién no necesita optimismo y sentirse invencible?"

Nick Hornby publicó Fever Pitch -Fiebre en las gradas, en la pésima edición española- en 1993. Nada ha sido igual desde entonces. Su inolvidable arranque es una declaración de amor al fútbol, a la música y a las mujeres, no se sabe en qué orden. Nunca nada tan subjetivo y sectario como la pasión de un hincha por su equipo -el Arsenal, en este caso- complace tanto a cualquier hincha, sea del equipo que sea. Es uno de los grandes secretos de Hornby y quizá su gran característica como escritor: su facilidad natural para lograr que el lector se identifique con su universo.

Sentirse Hornby es lo más fácil en las mejores novelas de Hornby. Eso le ha convertido en una especie de canon ambulante para una o dos generaciones. Nacido en 1957, apasionado por el fútbol y la música, creció demasiado tarde para disfrutar de los Beatles, pero a tiempo para detectar los peores vicios del rock: la pompa, la autocomplacencia, la banalidad alimentada por grandes masturbaciones mentales, la pérdida de la ingenuidad, de la exuberancia, del sentido de la realidad. A punto de cumplir 50 años, Hornby viaja por el mundo como el gran referente de su tiempo, temible circunstancia para cualquier ego, hasta para los más sanos.

No hay que inquietarse. Hornby es rico y famoso, y sabe el papel que juega, y no desconoce el efecto de sus opiniones. Es demasiado inteligente como para ignorarlo. Podría erigirse en el típico gurú ajeno a la realidad. Y hasta es posible que algunos le reprochen un inmovilismo asociado a su posición y su edad. Hace tres años, en un artículo que escribió en el New York Times, se refirió en estos términos a este posible reproche: "La juventud es una cualidad no muy diferente a la salud: es más abundante entre los jóvenes, pero todos necesitamos de ella. No hablo de las circunstancias que acompañan a la juventud: los rostros sin arrugas, los estómagos marcados como tablas de lavar, el pelo. Hablo de otra cosa. Hablo de la energía, de un inexplicable optimismo, del esporádico sentimiento que nos vuelve invencibles, de la esperanza que se aferra a nosotros como el olor del cloro. De joven, el rock articulaba estos sentimientos. Ahora, más mayor, los estimula. En cualquier caso, el rock era y sigue siendo necesario porque: ¿quién no necesita optimismo y sentirse invencible, aunque sólo sea de vez en cuando?".

Lo último de Nick Hornby reproduce exactamente este enunciado. Pequeño, con la cabeza rasurada, poco pendiente de los rigores del gimnasio, ofreció en Sevilla -dentro del festival Palabra y Música- un perfecto ejercicio de lo que significa la inteligencia, la defensa apasionada de las opiniones, el humor y la autocrítica, que en su caso se resuelve alrededor de la ironía. Lo hizo acompañado por Marah, su banda favorita, ¿o es Teenage Fanclub? En cualquier caso, se trata de un grupo que transita por el rock con una carga casi insoportable: la enorme publicidad que recibe de Hornby. Si el autor inglés casi alcanza la categoría de canon andante, ¿cómo colocarse a la altura de sus elogios? Pues con naturalidad, buen rock y aprecio por las raíces. De eso trató la combinación Hornby-Marah, resuelta a través de cinco relatos del escritor. Cada uno de ellos refería a un concierto inolvidable: Rory Gallagher, en 1972; The Faces, aquel mismo año; Bob Marley, en 1976; The Clash, en 1979; Marah, ayer. A través de las lecturas, desplegó todo el talento que se le adivinaba hace casi 20 años. Fue el arrebatador paseo de un hombre para el que la música significa demasiado. Y se le nota. Se trata de un matiz relevante porque le permite defenderse de los peores peligros de la vanidad. Por ahí gestionó su éxito en Sevilla. Volvió a ser uno de nosotros, pero uno mejor, más elocuente, más divertido y más convincente. Parecía el tipo que transformaba la crónica de un partido de medio pelo en una pequeña obra de arte. Parecía el mismo hombre que proclamaba el magisterio de O.V. Wright en el viejo The Independent. En realidad, fue lo último de Hornby. Como entonces.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2007