Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:

Un reencuentro cinco siglos después

Joachim Patinir y Alberto Durero representan, cada uno en su terreno, dos hitos fundamentales en la evolución de la pintura del Renacimiento. Contemporáneos y conocedores de sus respectivas obras, vale la pena indagar en las relaciones entre ambos ahora que coinciden en España en dos importantes exposiciones en el Museo del Prado y el Guggenheim de Bilbao.

La coincidencia en nuestro país de sendas muestras sobre Joachim Patinir, nacido entre 1480 y 1485 y muerto en 1524, y sobre Alberto Durero (1471-1528), merece un comentario conjunto. ¿Por qué acometer unitariamente dos acontecimientos de tanto fuste singular? Hay, en primer lugar, una razón obvia: Patinir y Durero no sólo fueron casi coetáneos, sino que vivieron en un área cultural geográfica y espiritualmente muy próxima. El flamenco, probablemente nacido en un lugar del sureste de la actual Bélgica, pero vecino de Amberes desde 1515, ciudad donde murió nueve años después, y el alemán, en Núremberg, donde también falleció a punto de cumplir 57 años. Es cierto que los datos biográficos y artísticos a nuestro alcance sobre Patinir son muy escasos, por lo menos, en relación con los de la vida y la obra de Durero, que son comparativamente abrumadores. Entre los de este último, hay, no obstante, uno que tiene una excepcional importancia para lo que aquí nos ocupa, porque se trata del testimonio directo que nos legó Durero, en su diario del viaje que realizó a los antiguos Países Bajos, durante los años 1520 y 1521, donde no sólo cita a Patinir, con el que se relacionó y al que califica como "un buen pintor de paisajes", sino que le retrató. También hace mención de Quintín Metsys, íntimo de Patinir y, tras la muerte de éste, el tutor de sus hijos.

MÁS INFORMACIÓN

De todas formas, anécdotas al margen, aunque sean de mucha enjundia, ¿qué es, en efecto, lo que artísticamente más relaciona a Patinir y Durero? Desde mi punto de vista, un parejo amor moderno por la naturaleza, aunque la abordasen desde perspectivas diferentes, o, más precisamente, desde distancias diferentes; esto es: Durero, aislando y engrandeciendo los detalles de la observación directa: Patinir, integrando los detalles en el conjunto de un panorama, incluso a costa de empequeñecer las figuras; pero también, por otra parte, una muy parecida inquietud moral, que, en Durero, se hizo explícitamente luterana, algo que no quiso o no puedo manifestar así Patinir, aunque no sin dejar suficientes huellas de esa misma intención o querencia. Sea como sea, ambos demostraron una misma vocación modernizadora, fraguada, además, en un contexto de la tradición artística del norte, donde la extrema pulcritud de la factura artesana se alió con los nuevos aires de investigación más ambiciosos. En este sentido, como se subraya en las dos exposiciones que dan pie a este comentario, Durero se manifestó más y mejor mediante el grabado xilográfico y de cobre, mientras que Patinir es reconocido como precursor del paisaje como género autónomo.

Es verdad que, por otra parte, la

fama de Patinir le viene de haber sido la pieza clave en el enlace entre El Bosco y Pieter Bruegel, lo cual emplaza su figura dentro de una de las líneas más genuinamente características de la tradición artística flamenca, tan singular, pero, aunque Durero carezca del poso riente o satírico de este genial trío, no les va la zaga en su afán por hacer converger lo real y lo fantástico, lo cual acrecienta la sensación de intensidad y de misterio. En cierto sentido, apreciamos que Durero y Patinir se adentraron, con un ánimo y un entusiasmo semejantes, por la vía de la subjetivación, sea desde el punto de vista artístico, estético o moral.

Ahora bien, cuando Durero viajó a Flandes y conoció personalmente a Patinir, había alcanzado un prestigio tal que ningún colega dejaba de mirarlo con asombro y admiración. Y es que Durero había viajado mucho y con notabilísimo provecho, no sólo por toda Alemania, sino por Italia, dos veces, y por los Países Bajos. Fue, pues, una esponja y una formidable correa de transmisión. Su formación intelectual y artística tenía muy difícil parangón, lo que se sustanció, entre otras cosas, con la redacción de diversos tratados teóricos sobre arte, uno sobre medidas, y otro, de publicación póstuma, sobre las proporciones ideales del cuerpo humano. De esta manera, a través de estos tratados, pero, sobre todo, a través de la enorme difusión de sus estampas, la influencia de Durero fue constante entre los siglos XVI y XVIII por toda Europa, incluido nuestro país, donde curiosamente el aprecio por Patinir y Durero ha dejado el inequívoco testimonio de la abundante presencia de ambos en las colecciones reales.

Este feliz reencuentro en nuestro país, al cabo de los siglos, de estos dos artistas excepcionales renueva la cuestión del viejo y fecundo intercambio cultural europeo, que, en arte, y justo entre fines del XV y comienzos del XVI, produjo esa maravillosa síntesis que llamamos renacimiento, que se hizo con parejas aportaciones del norte y del sur del continente, pero con tres centros básicos: los de Italia, Países Bajos y Alemania. Alumbra nueva luz sobre estos diálogos de antaño, volviendo a mirar simultáneamente la obra de algunos de sus más conspicuos representantes artísticos, como Durero y Patinir, no sólo nos aclara más y mejor lo que pasó, sino nuestra propia identidad actual.

Patinir y la invención del paisaje. Museo del Prado. Madrid. Hasta el 7 de octubre. Alberto Durero. Grabados del Städel Museum. Museo Guggenheim de Bilbao. Hasta el 9 de septiembre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de julio de 2007