ESTÁ más delgado. Quizá por eso parece más alto. Va elegantísimo, con un traje negro de Dior y una camisa azul eléctrico, y estrecha la mano con fuerza, demostrando una confianza quizá un poco forzada. Pero esos mofletes de angelote de Rubens le siguen dando el aspecto de joven de pueblo que él mismo no desmiente. "Sufro morriña si estoy fuera de casa mucho tiempo. Tengo un piso en Londres, pero vivo en el campo, en medio de la nada, y cuando paso una noche en la ciudad me pongo triste. Echo de menos a mi novia y a mis amigos. Sobre todo en gira porque, francamente, ir de gira es una cosa muy rara", dice Tom Chaplin, el cantante de Keane.
Está en plena promoción de su tercer álbum, Perfect symmetry. Con el primero, Hopes and fears, lograron lo que Coldplay en tres: cinco millones de copias vendidas, tres sencillos en el top ten británico y un número uno directo. Su discográfica, Island, la misma que la de sus adorados U2, captó la atención con la innovadora, o al menos distinta, formación del trío: batería, teclas y voz, sin guitarras. Con esas armas componían unas canciones que se movían en esa finísima línea que separa lo sublime de lo hortera. Dependiendo del estado de ánimo del oyente aquello podía ser rock épico de primera división, de ese que se usaría para una carga de caballería, o pop empalagoso hasta el empacho.
Después, con el segundo, un plomazo llamado Under the iron sea, llegaron las críticas destructivas. Y la sorpresa cuando en agosto de 2006 se notificó que Chaplin había entrado en un centro de rehabilitación. Aquel chico sano de Battle, East Sussex, una villa medieval de apenas 6.000 habitantes, que había formado un grupo con su amigo Tim Rice-Oxley, al que conocía desde la cuna ?de hecho bautizaron la banda como Keane en honor a una de sus canguros? se acababa de graduar como decadente rockstar de la vieja escuela.
"Perdona que pase por alto eso, pero para mí es algo muy lejano. Fue muy raro. Digamos que llegó un día en que me levanté y no me reconocía. No era yo. Y no podía seguir así. Hay muchas trampas seductoras cuando estás en un grupo y yo caí en una: ser alguien que no era. No es que pidiera ayuda, es que acepté la que llevaban mucho tiempo ofreciéndome para dejar de ser quien no era", dice Chaplin, mirando por encima del hombro. En la habitación hay una mujer de su discográfica encargada de interrumpir si las preguntas sobre el pasado son demasiado insistentes. Pero ahora está distraída con unos papeles, así que al cantante no le queda otra que seguir: "El asunto es que no dejamos pasar el tiempo suficiente entre el primer y el segundo disco. Nos precipitamos, no sabíamos lo que estábamos haciendo. Necesitábamos un descanso. Recuerdo que un tío de la compañía nos aconsejó un día que nos tomáramos unas vacaciones. Deberíamos de habernos dado cuenta de que eso significaba que algo iba realmente mal. Hasta entonces, el sello era el que nos empujaba a seguir, el que decía: 'Venga, tíos, podéis hacer esto'. Pero no, cuando le dijimos que íbamos al estudio nos respondió: 'Acabáis de dejar la carretera. Necesitáis un descanso'. Creo que en aquella época éramos tan arrogantes que no escuchábamos a nadie. Ni siquiera afrontábamos la realidad, y es que había un montón de dolor, desconfianza y disgusto. Supongo que por eso nos salió un disco tan triste y oscuro. Aquella grabación fue muy dolorosa".
La mujer no reacciona, así que Chaplin corta en seco por sí mismo con una broma. "¿Te has fijado en que si a ese jarrón le pones una nariz es clavado a Brian May, el guitarrista de Queen?", dice señalando un helecho situado sobre una columna, el único toque de color en una suite de un blanco inmaculado. "Le conocí el otro día. Estábamos ensayando, y Queen también, en el local de al lado. Vino a escuchar una canción. Yo cantaba y allí estaba Brian May vistiendo los shorts más ridículos que puedas imaginar y esa especie de fregona en la cabeza. Pero es un tipo encantador", se ríe él solo de su ocurrencia. "Creo que ahora tenemos un poco más de sentido del humor que antes. Que somos un poco más desvergonzados y nos preocupan menos las reglas y lo que se supone que se espera de nosotros. Las bandas inglesas de rock, hoy día, deben ser de una forma determinada. Pero creo que hemos aprendido a disfrutar siendo distintos". Y es que pasaron una época luchando desesperadamente por ser aceptados. Las críticas a su segundo disco y su directo fueron devastadoras. No eran lo bastante machos para la prensa inglesa. "La música de Keane es perfecta para los treintañeros y cuarentones que buscan en el rock una experiencia reconfortante", declaraba Martin Talbot, editor de la publicación británica Music Week. Ahora las prioridades han cambiado. "Adoro la música. Es una parte importantísima de mi vida, pero no quiero dedicarle todas las horas de todos mis días. Descansar me permite restablecerme y estar centrado".
El año pasado se lo tomaron con calma, descansaron antes de grabar. Lo hicieron en París y en Berlín "porque son lugares a los que se puede ir en tren; odio los aviones". Lo han producido ellos y ya hay guitarras. "Sí, las hay, pero esa definición no es nuestra. Es como la gente quería vernos. Y además es el Keane que les gusta y con el que se sienten cómodos. Pero mira, nos conocemos de toda la vida, hacemos música desde adolescentes y nunca tuvimos reglas. Siempre usamos guitarras. En la época de Hopes & fears nos preguntaban siempre lo contrario: '¿Por qué no usáis guitarras?'. Y yo siempre dije lo mismo: es donde estamos ahora, pero no es una declaración de principios".
La mitad del nuevo disco es, más o menos, lo de siempre. Pero hay media docena de canciones muy ochenteras que recuerdan, quizá demasiado, al Bowie de Blue jean. "Amamos esa década. Era divertida y frívola. Esa música está por motivos de edad en nuestra cabeza. No me importa tener buen gusto, sólo abrir una ventana y que entre el aire fresco. Mira, con el primer disco éramos idiotas, completos idiotas que no tenían ni puta idea de lo que estaban haciendo, estábamos descubriendo cosas. Y creo que con este disco nos sentimos igual. Todo cabe. Y si una guitarra cabía, ¿por qué no la iba a usar?".
Perfect symmetry está editado en Universal.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de octubre de 2008