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AL CIERRE

La revolución del bus

El señor Jordi Portabella ha tenido una idea que, por la aritmética de los votos y la cercanía de los presupuestos, puede que siga adelante. La idea no es nueva, creo que incluso iba en su programa electoral, pero es tan radical que hasta ahora nadie le había hecho caso. Se trata de organizar las líneas de autobús de manera cartesiana. En todas las ciudades, los buses tienen algo de atávico: heredan las rutas de transportes anteriores, que se labraron sobre tránsitos humanos. Tienen una lógica propia y misteriosa que es difícil de comprender cuando se los mira desde afuera pero que funciona a la perfección. Ninguna línea circula vacía, todas unen puntos plausibles.

La idea del señor Portabella es contraria a la lógica del bus. Es de esas ideas brillantes y aparatosas que nacen en los despachos que están alejados del uso de la ciudad. Diría incluso que el señor Portabella no utiliza el autobús. La idea consiste en organizar las líneas bien en horizontal, bien en vertical, cuadriculando la ciudad como si se tratara de una malla, y obligar al usuario a combinarlas (suponiendo que el mapa de la ciudad lo permite, que ya es suponer). Para entendernos: si yo quiero ir de casa a la Barceloneta, no podría coger el 59 como hago hoy: necesitaría dos o tres autobuses distintos para poder avanzar primero hacia el Besòs y después hacia el mar, con lo cual multiplico el tiempo de espera.

Dice el señor Portabella que su sistema optimiza el autobús y clarifica las líneas. El tiempo del bus lo marcan los semáforos y no las curvas, porque las paradas rompen el ritmo de unas calles reguladas para el tráfico constante del coche. Peor aún, el sistema Portabella desmonta la justicia distributiva del bus, que hace que, cuanto más largo el trayecto, más probable es tener asiento. ¿La señora María, subiendo y bajando del autobús en cada cambio de dirección? ¡Si hay gente que no usa el metro por no hacer combinación! La eficiencia del bus está en los carriles propios, la frecuencia de paso (más vehículos) y la paciencia del usuario que, a cambio de un viaje más lento y más sacudido, tiene como regalo el paisaje, ese paisaje que el señor Portabella embellecía cuando se ocupaba de lo suyo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 11 de noviembre de 2009