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Tribuna:

Drama en ocho actos y epílogo

Prólogo (muy largo). Una guerra civil y una dictadura.

Primer acto. Transición. Pacto. Paz, democracia y convivencia en la pluralidad. Perdón, olvido por ambas partes y marginación de posiciones ultras. Amplísimo consenso constitucional y estatutario.

Segundo acto. Segunda legislatura de Aznar. Mayoría absoluta juntando la derecha civilizada a la ultraderecha franquista. "Hay que cerrar el tema autonómico". Lectura regresiva de la Constitución. Resurrección política y mediática de fantasmas.

Tercer acto. Victoria de Zapatero con apoyo catalán. La España plural. "Apoyaré el Estatuto que apruebe el Parlament". Compromiso voluntarioso e ingenuo, sin haber medido antes sus posibilidades.

No se le puede pedir ahora al PSC que solucione los errores de todos (los suyos también) acumulados durante estos años

Cuarto acto. Elaboración del Estatuto. Subasta soberanista, que nadie para, por razones de táctica electoral catalana. Cada paso adelante hace más difícil cumplir el compromiso, ya de por sí imprudente. "Ya lo recortarán en Madrid". Marginación, merecida, pero peligrosa en este tema, del PP.

Quinto acto. Trámite en las Cortes. El "cepillo". Desilusión mutua Zapatero-Maragall.

Pacto con Artur Mas para el recorte. Apoyo del PSOE, presionado por el PSC y Zapatero, para la aprobación. Referéndum catalán. Amplia mayoría, pero sin aclamación y con reticencias manifiestas de algunos.

Entreacto (un momento de reflexión del guionista). Los partidos centrales catalanes aprueban el Estatuto. El PP en contra, por su contenido y por venganza de su marginación (la firma de Mas ante notario y el rechazo al PP en el Pacto del Tinell). Los partidos soberanistas lo apoyan, pero ERC de forma explícita y CDC de forma matizada dejan claro que es un paso adelante, pero no un punto de llegada. Reacción de la derecha española: "Si esto, que no nos gusta, significara cerrar el tema, tal vez podríamos tragarlo, pero si se nos anuncia que habrá que reabrirlo para ir a más, mantenemos oposición frontal". ¡Al Constitucional!

Sexto acto. El PP presenta el recurso. El TC lo tramita, sin estar obligado a ello por la Constitución. En ello ya se adivina la incapacidad de entender el peligro de aceptar esta patata caliente, o tal vez la voluntad previa de recortar el texto. La patata quema poco a poco al tribunal (recusaciones, desacuerdos, filtraciones inexplicables, no renovaciones, parálisis, cambios de ponentes) y pierde su credibilidad. Aunque la institución no pierda su legitimidad jurídica, sus miembros pierden su legitimidad moral.

Séptimo acto. Error estratégico en Cataluña. Desde el convencimiento de la constitucionalidad, se actúa para obtener una sentencia "favorable" o "menos mala", cosa imposible con la composición actual de TC, heredada de la época de Aznar, y con la voluntad comprensible del PP de no aceptar la renovación hasta que este tema se haya sentenciado. La única estrategia válida era, como ahora se ve, proclamar desde el principio la incompetencia política del TC para juzgar un texto aprobado por el Parlament, revisado y aprobado por las Cortes, y refrendado por el pueblo catalán. El TC no debe pronunciarse sobre un pacto entre los representantes de la soberanía española y los catalanes.

Octavo acto (tres escenarios simultáneos). En Cataluña se empuja, ¿sin éxito? , por la renovación del TC con la intención de que unos miembros nuevos puedan revisar -ya que los actuales no quieren ni pueden- la decisión de hace cuatro años y rechazar el recurso. En el interior del TC, por razones políticas, por presiones y por cansancio, se acelera una sentencia restrictiva. En el Gobierno y en el partido del Gobierno se infravaloran las consecuencias de lo que puede pasar y se opta por "dejemos trabajar al tribunal..." una frase que, más que de respeto, es reflejo de desorientación y de impotencia ante el éxito de la última jugada del PP.

No hay aún epílogo escrito, pero se está reclamando un protagonista. ¿Se puede pedir al PSC que solucione ahora los errores de todos (suyos también) acumulados estos años? No se puede, pero está ocurriendo, porque es cierto que el PSC será el primer actor del epílogo.

¿Epílogo a un problema o a un drama? La diferencia entre uno y otro es que el primero puede tener una o varias soluciones, y el segundo ninguna. Confío en que no sea el caso.

Joan Majó es ingeniero y fue ministro de Industria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de mayo de 2010