La fama de Madrid se cimentó históricamente en la pureza de sus aires y de sus aguas abundantes. El aire de Madrid era tan sutil que mataba a un hombre pero no apagaba un candil, tan sutil que ilustres galenos locales defendían en pleno siglo XVIII la necesidad, hecha virtud, de contaminar sus calles con un manto de podredumbre y suciedad para hacerlo más respirable y menos letal. El argumento se utilizaba para defenderse de las acusaciones de los viajeros de algunos países europeos que criticaban por escrito y públicamente la impactante falta de higiene de la Villa y Corte, la costumbre de los madrileños de arrojar a la vía pública sus desechos y sus inmundicias al grito de "Agua va" para advertir a los transeúntes de lo que se les venía encima. Con el paso de los siglos los partidarios de tan peregrina teoría se pasaron con la dosis y mejoraron su aplicación con la aportación suplementaria de humos y gases mefíticos en dosis masivas.
La empresa que se planea privatizar generó en 2008 90 millones de euros
A la Comunidad le falta liquidez y qué mejor caudal que el del Canal
A los madrileños nos queda, por ahora, el agua del Canal de Isabel II, una propiedad que, por nuestro bien, la Comunidad de Madrid se propone privatizar, para dar a todos sus residentes, que somos sus actuales propietarios, la dudosa oportunidad de participar en una sociedad anónima. A la Comunidad le falta liquidez y qué mejor caudal que el del Canal que lleva el nombre de aquella reina de zarzuela, pendón verbenero bajo cuyo reinado se inició la construcción de tan prodigiosa infraestructura. El agua se va, a los gatos se nos llevan el agua. Los primeros caudales se los embolsarán 4 consultoras 4, entre ellas el BBVA y la banca Rothschild, por avalar y proporcionar coartadas verosímiles al proceso de privatización. Un total de 1.144.235 euros de nuestros bolsillos para mitigar la insaciable sed recaudatoria de la Comunidad y seguir dando alas a los afanes privatizadores de Esperanza Aguirre.
Hay quien prevé un posible trasvase del Canal de Isabel II al de Panamá, posible paraíso fiscal donde las reservas estarían a buen recaudo. La sociedad del Canal generó, en 2008, unos beneficios de 90 millones de euros, una minucia, unas gotas de lluvia en las desérticas planicies recaudatorias. A primera vista no hay necesidad alguna de privatizar un negocio público tan rentable que incluso da para gastárselo en teatros y espectáculos, por supuesto de pago. Si consideramos en una segunda ojeada que, con la galopante crisis, los activos de las empresas son infravalorados en las ventas, en estos momentos la iniciativa privatizadora, reactivada por el Gobierno regional, resulta aún más inoportuna. Sólo leyendo la letra pequeña del proyecto se avista la presunta justificación del plan: la Comunidad deberá hacer frente en los próximos 10 años a inversiones por valor de 4.000 millones y se niega a endeudarse más, al enemigo ni agua y el enemigo de fondo del Gobierno autónomo es el sector público, que lastra sus presupuestos y dificulta la libre expresión de la iniciativa privada.
Las primeras consecuencias de la privatización serán el deterioro de la calidad del agua, la subida del precio y, por supuesto, la desaparición de las campañas de concien-ciación ciudadana para reducir el consumo. Ninguna empresa privada tiraría piedras contra su propio tejado animando a sus clientes a consumir menos su producto. Las nuevas campañas tratarán de convencernos para que estemos siempre bien limpios e hidratados, que sustituyamos la ducha por el baño y no nos olvidemos de regar las plantas. Que la economía está por encima de la ecología es algo que ya no tienen que explicarnos, aunque siguen sin explicarnos el porqué de tan atrabiliaria preeminencia. Al deterioro en la calidad y a la subida de precios se unirán probablemente la reducción de puestos de trabajo y las deficiencias en el servicio. Por mucho que los discípulos de Rothschild le bailen el agua con su consultoría a la presidenta, los ciudadanos de Madrid no acabamos de tragarnos el trasvase de lo público a lo privado.
Hubo un tiempo en el que los castizos madrileños pedían en los bares una caña de Lozoya, generalmente para el niño o la niña; luego, cuando se mezclaron las aguas, solicitaban un Isabel II, que sonaba a nombre de brandy, o un fino cañería, sin especificar su denominación de origen. No sé si en el futuro quedarán castizos dispuestos a hacer bromas con el agua, que algo tendrá cuando la bendicen con la panacea de la privatización. Lo que está claro es que los camareros empezarán a cobrar por el servicio. Ha sido un año pródigo de lluvias y de nieve y los embalses están que se salen, un grave contratiempo para los partidarios del trasvase del Canal, a los que les hubiera venido de perlas una sequía pertinaz para saciar su sed de lucro.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de mayo de 2010