La educación en la larga posguerra española, en pleno fragor nacionalcatólico, es una pesadilla recurrente para muchos. Películas, novelas, ensayos y autobiografías escarban con frecuencia en ese páramo lleno de traumas y malos recuerdos. Juan Eslava Galán (Arjona, Jaén, 1948) acaba de publicar la novela Escuela y prisiones de Vicentito González (Muchnik Editores), un sórdido recorrido por las tribulaciones de un chaval a lo largo de su trayectoria escolar. Vicentito González, un niño andaluz procedente de una familia que trata de salir adelante como puede, es víctima de la incuria de unos tiempos en los que la letra entraba con sangre y en los que el alumno era, a menudo, el chivo expiatorio de las frustraciones y delirios de sus maestros. Eslava Galán es un escritor que parece abonado a los premios más prestigiosos. Su currículo es elocuente: Premio Planeta de 1987 con En busca del Unicornio; Premio Ateneo de Sevilla de 1994 con El comedido hidalgo; y Premio Fernando Lara de 1998 con Señorita."Escuela y prisiones de Vicentito González es un arreglo de cuentas con la educación nacionalcatólica y un recordatorio de cómo era. Porque a veces tendemos a añorar cosas que no son añorables", indica Eslava Galán. El escritor recalca que aunque la novela ocurre en Andalucía, las peripecias del protagonista se pueden aplicar a otras zonas de España. El nacionalcatolicismo y la brutalidad escolar no se diferenciaban en gran cosa en las distintas regiones. "La novela trata de la educación en la Andalucía de los años cincuenta y sesenta. Pero, por lo visto en otras lecturas, toda España era similar. Los recuerdos de un escolar andaluz son extrapolables a los de un gallego o un catalán. Todas las anécdotas son cosas presenciadas por mí. Me han pasado a mí o a compañeros. Todos los hechos los he unido en una persona. No hay, por tanto, nada inventado", puntualiza.
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Uno de los personajes más atractivos del libro es don Aniceto, el maestro represaliado al que el triunfo franquista ha destrozado la vida. Empobrecido y pluriempleado, don Aniceto intenta mantener los rescoldos de una ética civil en medio del muladar más nauseabundo. "Don Aniceto es un personaje lamentablemente frecuente. En la República había, por el papel de la Institución Libre de Enseñanza, un cuerpo muy prestigioso de maestros que perdió la guerra civil porque sus integrantes quedaron inhabilitados para ejercer la docencia. Estos maestros represaliados por el franquismo se quitaban el hambre ejerciendo la enseñanza como podían", relata Eslava Galán.
Don Raimundo Girón es la antítesis de don Aniceto. Se trata de un maestro brutal, carente de principios, rico por su casa y al que la dictadura ha afianzado en su poder despótico sobre los chavales. "Don Raimundo Girón se ha beneficiado de aquellas oposiciones políticas organizadas por el régimen. Esas oposiciones se hicieron porque había que cubrir las plazas de los maestros represaliados. Se metió, así, en la enseñanza a maestros inhábiles. Don Raimundo es un personaje que posee muchas de las características del fascista en la inmediata posguerra: la arrogancia y la incultura que llevaba aparejada consigo esa arrogancia", explica Eslava Galán.
La novela destaca algunas de las brutalidades familiares más típicas de la posguerra. El padre recomienda a don Raimundo que no se prive de pegar a su hijo ("Usted no le pase una, don Raimundo. ¡No se preocupe si lo desloma, que a la juventud hay que enderezarla y la letra con sangre entra!", le pide el padre a la mala bestia que da clases a su hijo). "La norma de los padres era: 'Usted le pega, que no hay ningún problema'. Hoy en día el profesor ha perdido autoridad. De aquel extremo hemos pasado al extremo de que el alumno hace lo que quiere con el profesor, que no pasa nada porque los padres defienden a sus hijos", comenta Eslava Galán, que trabaja como profesor de inglés en un instituto de Sevilla.
La visita del obispo a su pueblo -en Mercedes y "con chofer uniformado y con gorra de plato"- es uno de los acontecimientos más impactantes en la triste infancia de Vicentito. "Es una escena real que tengo impresa en mi memoria: la emoción de un niño de pueblo ante la llegada del obispo. Era como si viniera Dios", evoca el escritor jiennense.
La mofa de uno de los hermanos del colegio donde empieza a estudiar al llegar a la ciudad es especialmente repulsiva. Vicentito es objeto de escarnio por su modesto origen social ("¡Caramba, qué honor! -exclamó [el religioso] con fingida admiración-. ¡Tenemos entre nosotros a un espécimen de habitante del ilustre pueblo de Navas del Prior!"). "Eran unos curas absolutamente clasistas. Estaban imbuidos de la idea de que pertenecían a una clase superior sólo por el hecho de ser curas. Muchos habían escapado del arado y realizaban la típica maniobra del converso, que suele ser especialmente cruel con los que proceden de su mismo medio social", dice el escritor.
El pelota "Mi Ignacito" es uno de los personajes más odiados por el protagonista de la novela. "Los pelotas eran hijos de padres importantes: el hijo del alcalde, de un arquitecto, de un médico, de un funcionario importante... En la posguerra había, además, un abismo tremendo que separaba el pueblo de la ciudad, de la capital de la provincia, que solía ser una capital levítica, de funcionarios", recuerda el escritor. El hijo de un poderoso de la capital tenía todas las cartas para ser uno de los favoritos de los hermanos.
La masturbación era otro de los caballos de batalla educativos. Un sacerdote les cuenta la historia de un joven distinguido que, aficionado a la masturbación, acaba convertido en "un pobre imbécil babeante que importuna a los visitantes pidiendo caramelos" en un manicomio. "La España de la posguerra era una España masturbatoria. Los curas fomentaban la masturbación al perseguirla. Había un montón de médicos dispuestos a probarlo", concluye Eslava Galán.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de octubre de 2000