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Obsesión por la virilidad

Uno de los trances más desagradables por los que atraviesa Vicentito González en la novela es la humillación que le inflige un religioso. El hermano le acusa de afeminado por escribir una redacción utilizando cuatro colores. Vicentito, que lo único que quería es ser premiado por el esfuerzo de hacer una redacción multicolor e inmaculada, se encuentra con la befa y el escarnio del religioso."¡Cuatro colores! ¿Hay quién dé más? Los alumnos de este colegio, todos viriles, tienen pupitres, pero González tiene una mesa de tocador, de las que usan ciertas mujeres para ponerse cremas, colores y afeites (...) Quizá González nos está revelando en este cuaderno technicolor su secreta desviación... quizá le gustaría ser una de esas... ¡Quizás hasta hoy nos había tenido engañados para que no sospecháramos de sus inclinaciones!", ironiza el hermano. "Estas palabras reflejan", a juicio de Eslava Galán, "la obsesión por la virilidad, sospechochísima en personas que vestían faldas". "A cambio del apoyo de la Iglesia, el régimen franquista entregó el control de la educación y la vigilancia de las costumbres a unos obispos que parecían salidos del Pleistoceno", agrega el escritor.

Estos mismos religiosos fomentaban la redacción de anónimos para que los colegiales se denunciaran mutuamente. "Los anónimos son muy propios de un régimen policiaco, que quiere resultados patentes pasando por encima de cualquier escrúpulo moral. Resulta especialmente chocante que los favorezca un religioso", dice Eslava Galán.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de octubre de 2000