Para Amélie -ganadora del premio al mejor filme europeo de 2001, del Goya correspondiente a la mejor película extranjera y que opta a cinco oscars de Hollywood- el problema que se le planteaba anoche en París no era el de obtener el César a la mejor película, sino el de batir récords. No fue así. La película de Jean-Pierre Jeunet se conformó con cuatro de los 13 César a los que aspiraba, entre ellos el de mejor director y mejor película.
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Amélie no logró alcanzar más estatuillas que El último metro (1981), de Truffaut, o el Cyrano de Bergerac (1991) de Rappeneau, ambas coronadas con diez trofeos y referencias de máximo éxito antes de la vigesimoséptima edición de los César. Celebrada anoche en el teatro Châtelet de París, la gala de los César acabó con "sólo" cuatro premios para Amélie: mejor filme, mejor director, mejor banda sonora para Yann Tiersen -600.000 discos vendidos- y mejor decorado por su recreación idealizada de Montmartre.
Los 3.025 miembros de la Academia francesa no quisieron dejarse ganar por la facilidad e intentaron premiar de manera exacta. Así, fue considerada como mejor actriz Emmanuelle Devos por Sur mes lèvres, una obra que también fue recompensada por su guión y sonido.
El veterano Michel Bouquet figuró en la lista como mejor actor por Comment j'ai tué mon père. Otra veterana, Annie Girardot, subió al escenario para recoger su premio a la mejor actriz secundaria por su trabajo en La pianista. El director de fotografía japonés Tetsuo Nagata consiguió para El pabellón de los oficiales, de François Dupeyron, un César que se sumó al otorgado a André Dussolier como mejor actor secundario. Los dos intérpretes revelación de este año fueron: la actriz Rachida Brakni, por Chaos, filme en el que encarna a una prostituta que logra escapar, al mismo tiempo, del control de una banda de proxenetas y narcotraficantes y del asfixiante machismo de su familia musulmana, y el actor Robinson Stevenin, por un papel de composición como travestido en Mauvais genres.
Clima de euforia
La ceremonia de anoche se celebró en medio de un clima de euforia debido al aumento de espectadores de cine francés. Del orden del 11,4% respecto al 2000. Es decir, 185 los millones de entradas vendidas. Lo que se traduce, para la industria nacional, en un control del 41% del mercado interior. Unos buenos resultados que parecen tener continuación en el 2002 gracias a unas nuevas aventuras de Astérix que ya han atraído más de 11 millones de personas, o a 8 Femmes, de François Ozon, que superará esta semana la barrera de los tres millones de localidades.
Tres grandes intérpretes, el británico Jeremy Irons y los franceses Claude Rich y Anouk Aimée, recibieron premios por el conjunto de su carrera. El premio a la mejor producción extranjera recayó en Mulholland drive, de David Lynch, película estadounidense producida con capital francés. Se consideró, además, que la mejor primera obra de ficción de 2001 era, de entre todas las producidas en Francia, En tierra de nadie, del bosnio Danis Tanovic.
Los premios técnicos, que tienen menor repercusión mediática, también estuvieron notablemente repartidos de manera que se hizo imposible la temida marea asfixiante a favor de Amélie, una película contra la que parece haber pesado su condición de grandísima favorita y su omnipresencia en todos los reportajes previos.
Contra la mundialización
El primer ministro francés, Lionel Jospin, acudió anoche a la entrega de los César y tuvo la oportunidad de escuchar de la boca de actores, directores y productores un mismo discurso a favor del mantenimiento de la llamada "excepción cultural". Todos cuantos intervinieron le recordaron lo importante que era que el Estado mantuviera su compromiso de respaldo al cine nacional y cada uno a su manera evocó el peligro de "la mundialización" o se refirió "a ese hombre que ha comprado Italia después de haber hundido su cine" -en referencia explícita a Silvio Berlusconi- o se extendió sobre las virtudes del sistema del adelanto sobre recaudación, sistema del que se benefició el 40% de la producción de la gala del 2001. Jean-Pierre Jeunet, director de Amélie, añadió que "después de haber trabajado en Hollywood, volver a hacerlo en Francia es recuperar la libertad".
La gala resultó un poco deslavazada, con algunas intervenciones demasiado largas y algunos errores de bulto del presentador, Edouard Baer, otras veces más seguro e ingenioso, pero también tuvo sus momentos de emoción, como la aparición en escena de Danielle Darrieux o el número de ancianos desmemoriados que protagonizaron con ritmo y humor Claude Rich y Jean Rochefort. También fue emocionante la secuencia de recuerdo de artistas y profesionales desaparecidos, que incluyó unas imágenes de Francisco Rabal.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de marzo de 2002