A golpe de abanico, frente a la iglesia de San Cayetano en la calle Embajadores, se agolpa una multitud contenida por la Policía Municipal a la espera de que aparezca el paso de San Cayetano. 'Desde niña me visto de chulapa. Me siento muy madrileña. Cada año la fiesta evoluciona, este año hay más gente que el pasado. Así da gusto, luego iré a la verbena y mañana a trabajar, con ojeras, pero a trabajar', afirma Maribel, vecina del barrio mientras va tomando posiciones con vistas al desfile.
Una pareja de nacionalidad china mira curiosa el trasiego de gente que, entre empujones, intenta abrirse camino. Hace apenas un mes que llegaron al barrio. Dicen que les gusta mucho esta fiesta. Su hijo, Jack, de cuatro años, subido a un bolardo, exhibe una cámara digital con la que grabará la procesión. Mohamed Hankur dejó Marruecos hace cinco años. Desde entonces vive en el barrio de Lavapiés, aunque éste es el primer año que sale a ver al santo. Comenta que los trajes de chulapa rejuvenecen a las mujeres. 'Todas parece que tienen 20 años'. Dice que se acercará a la verbena y no descarta del todo lanzarse a la pista a bailar.
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La Banda Municipal de Mondéjar (Guadalajara) entona la marcha de procesión Nuestro Padre Jesús, y bajo una lluvia de confeti aparece el paso. José y Mercedes, una pareja de ecuatorianos que se instaló en la calle del Oso hace ocho días, encuentra muchas similitudes entre esta fiesta y las que se celebran en Quito, su ciudad natal. 'Allí también engalan las calles con farolillos el 6 de diciembre. Estos trajes [de chulapos] se parecen a los de la aristocracia antigua del Ecuador', explica José.
Bajo los gritos de 'Viva San Cayetano' Felicitas cuenta que desde hace ocho años no falta a esta cita. 'Vengo desde Carabanchel porque un año mi hijo, que es aparejador, no encontraba trabajo y me pidió que viniera a pedírselo al santo. Conseguí coger una dalia amarilla que él guardó todo el año y al poco tiempo se colocó'.
La talla del santo, montada sobre un paso adornado en los cuatro costados con el escudo de Madrid, desciende por la calle Embajadores en uno de cuyos balcones pende un cartel que reza: 'Otro mundo es posible, globalicemos la lucha'. La procesión de chulapos y chulapas de todas las edades que precede al santo avanza por la calle plagada de tiendas de confección chinas. Patricia, una joven cubana que despacha en uno de estos negocios, se muestra bastante escéptica. 'No me gusta el tumulto que no favorece el negocio', explica. Más abajo, a la altura de la casa ocupada, La Eskalera Karakola, en Embajadores nº 40, Neri, una joven dominicana, recuerda al ver el paso a la Virgen de Altagracia. 'Yo vengo a pedir por las víctimas del terrorismo en Israel y en Palestina, también por la niña y el señor que murieron esta semana. Hay que pedir por las víctimas, y yo soy muy devota', comenta.
Acabada la procesión y robadas las flores que adornan el paso de san Cayetano -la tradición dice que quien consiga una tendrá pan y trabajo todo el año- los transeúntes pasean por las calles engalanadas por las vecinas.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de agosto de 2002