Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
CUMBRE DE BRUSELAS | La posición española

España apuesta por aprobar la Constitución aparcando el debate sobre el reparto de poder

El presidente del Gobierno es consciente de que no hay posibilidad de imponer el Tratado de Niza

Lograr que la Constitución se apruebe mañana, aunque sin acuerdo sobre el sistema para adoptar decisiones por mayoría cualificada en el Consejo, dejando ese tema clave para el reparto futuro del poder en la UE pendiente de una posterior negociación antes de 2009, es la opción favorita del Gobierno español cuando se inaugura la cumbre de Bruselas llamada a cerrar el contencioso. Eso es al menos lo que indican los pocos funcionarios implicados en el tema, pero con una cautela: nadie sabe las cartas que guarda el presidente español, José María Aznar, único actor ya de este juego.

Aznar es consciente, en cualquier caso, de que no hay ninguna posibilidad de que los 27 votos que el Tratado de Niza otorgó a España en 2000 pasen tal cual al nuevo texto básico, ya que él mismo dio por sabido el pasado viernes en Marraquech que con las posiciones actuales no cabe ningún acuerdo.

Tampoco expresa aprecio por la posibilidad de que el sistema de doble mayoría adoptado por la Convención sea modificado, elevando los porcentajes de población que deben representar los países interesados en una decisión, de manera que España y Polonia recuperen al menos parte de la capacidad de bloqueo que obtuvieron hace tres años. Además de reparos filosóficos, las fuentes españolas consideran que el poder de Niza sólo se restablecería en todos sus términos con un porcentaje del 70%, frente al 66% que se ha manejado como máximo de una eventual propuesta que ni siquiera ha llegado a producirse. Los negociadores consideran, por otro lado, que los países pequeños se opondrían a ese arreglo.

El acuerdo de que la Constitución se apruebe con el compromiso de aplazar la decisión sobre el sistema de votación hasta 2009 ha sido, en cambio, descrito por fuentes gubernamentales como "una solución menos mala y menos insatisfactoria", a condición de que la negociación quede abierta y no se establezca que el sistema de la Convención sea la fórmula que se aplicará a partir del año citado. Eso representaría una derrota imposible de asumir por el Gobierno español, ya que la Constitución no entrará en todo caso en vigor hasta 2009 y mientras tanto se aplicará el sistema de Niza.

Cualquier subida del porcentaje de población a partir del 60% adoptado por la Convención podrá ser defendida por el Gobierno como un logro y rebatida por sus críticos, sobre todo si no llega al 66%. La única alternativa a las tres citadas que se ha considerado hasta ahora sería que la Constitución no se apruebe debido a una falta total de acuerdo. Ha sido evocada por el presidente francés, Jacques Chirac; por el canciller alemán, Gerhard Schröder, y por el propio Aznar, que ha invitado a "no dramatizar las cosas".

Vacío institucional

Aznar sostiene que su negativa a aceptar el texto de la Convención en este punto no puede ser considerada en ningún caso como un veto o un bloqueo, ya que la Constitución podría ser perfectamente aprobada pese a ello, porque no se crearía un vacío institucional. Lo cubre el sistema de Niza. Según su versión, los que vetarían serían, pues, los otros, al negarse a que la Constitución se apruebe si no incluye su sistema preferido. Pero el presidente sabe, sin duda, que, dado su aislamiento en este tema, será muy difícil que sus razones encuentren eco y que no aparezca como responsable del fracaso.

Aznar ha llevado la batalla por el reparto de poder siempre en primera persona, sin apenas más colaboraciones que las de la ministra de Exteriores, Ana Palacio, y el secretario general para Europa, Alfonso Dastis. Ha intentado ganarse para la causa a los países pequeños, con el mensaje de que la doble mayoría no sólo perjudica a España y a Polonia, sino que configura una Unión al dictado de los cinco grandes, que seguirá siendo el club de los fundadores y no la construcción jurídica igualitaria que la Europa del euro requiere.

Todo ello no ha reducido su soledad, si se exceptúa algún apoyo ocasional del Reino Unido, y, tal vez por ello, ha adoptado un perfil moderado. No ha respondido a las descalificaciones de Chirac o Schröder y sólo en los últimos días ha dejado que el Gobierno trasluzca el gran malestar que le produce ver a su teórico amigo Berlusconi haciendo el juego de los grandes.

En el plano español está más acompañado, pero debe guardarse también la espalda. El líder del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, le reiteró ayer su apoyo incondicional en este caso, pero al tiempo le emplazaba a "recuperar el peso en Europa que España tenía" cuando Aznar llegó al Gobierno.

En esas condiciones, es seguro que el presidente abordará el Consejo de hoy con la posición firme de que España se basa en Niza y no tiene por qué plantear soluciones, pero abierta a debatir las propuestas que eventualmente se le presenten. Aunque es claro que, si no se le propone nada y la otra parte sigue en sus trece, él tampoco se moverá un milímetro. Aunque la Constitución no se apruebe.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de diciembre de 2003