'No esperen milagros' ha sido la frase más repetida estos días por el nuevo presidente. Apunta a bajar la expectativa de una mayoría que lo eligió y ve en él una especie de mesías capaz de resolver, en cuestión de meses, la honda crisis del país. Los retos y los temores frente al nuevo cuatrienio son grandes. Uribe prometió devolver la seguridad a un país que se siente secuestrado, donde un simple recorrido por carretera es un riesgo de caer en manos de guerrilla o paramilitares. El reto es devolver la seguridad sin violar los derechos humanos, sin caer en una cacería de brujas.
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Uribe prometió también poner fin a los vicios políticos con una reforma de fondo; el reto es no limitarse a reducir el tamaño del Congreso y no naufragar en las triquiñuelas de una clase política que ha enredado muchas veces las posibilidades de cambio. 'Si se pone a priorizar lo político a expensas de lo económico corre el grave riesgo de quedarse sin el pan y sin el queso', le advirtió el saliente ministro de Hacienda sintetizando otro de los grandes temores: un derrumbe económico cerraría totalmente la gobernabilidad.
Hace pocos días, los dos hombres encargados del traspaso de poderes entre el Gobierno entrante y el saliente dieron un crudo balance: la situación económica es más grave de lo imaginado. Alrededor de 15 entidades públicas están en quiebra, el desempleo en el campo supera el 50%, el déficit fiscal va a llegar al 6% del PIB...
'La crisis económica es tan grande que requiere toda la atención del Gobierno, aun a costa de sacrificar o aplazar la reforma política o la recuperación de la seguridad', dijo el editorial del dominical El Espectador.
El presidente, conocido por la firmeza de sus decisiones, no dio marcha atrás . 'La pelea va a ser dura', fue el comentario de muchos al leer el pasado martes en la prensa los puntos del referendo presentado por Uribe al Congreso minutos después de jurar como nuevo mandatario de los colombianos. En total son 16 puntos que van directo al recorte del tamaño y los privilegios de esta corporación desprestigiada por sus prácticas corruptas. Este proyecto deja las puertas abiertas para que, por vía de referendo sin aprobación del Congreso, se adelanten las elecciones legislativas de 2006.
Esta insistencia en la disolución del Parlamento genera descontento. 'Me parece una grandísima tontería que el nuevo presidente se meta a dar esa pelea', dijo hace dos días el senador conservador uribista Roberto Camacho. Ya se han escuchado amenazas de revocarle a Uribe el mandato. Quien dará la pelea, Fernando Londoño, nuevo ministro de las fusionadas carteras del Interior y de Justicia, es un hombre con rabo de paja. Es cuestionado por sus pleitos con el Estado y sus exagerados temores a 'complots comunistas'.
'Soy poco optimista', declaró a EL PAÍS el senador independiente Carlos Gavira. 'La propuesta de Uribe no va encaminada a construir democracia, sino a debilitarla'. Este constitucionalista, quien fuera profesor del nuevo mandatario, no cree que se dé una confrontación en el Parlamento. 'Las mayorías uribistas son claras', asegura. Ve difícil un solo tema: la disolución del Parlamento. 'Yo la apoyaría si fuera resultado de una buena reforma política, no como fin mismo'. Los puntos del referéndum son, para este senador, 'simple maquillaje'. Espera la presentación de un proyecto legislativo con temas de fondo, como la reforma a los partidos y el estatuto de oposición, que garanticen una verdadera reforma política.
'El presidente hará un intento fuerte de cumplir con sus promesas de cambio. Tiene a su haber ventajas: es decidido y tiene un buen equipo. Pero tendrá grandes tropiezos: la clase política, dirigentes económicos -quieren los cambios sin meterse la mano al bolsillo- y la habilidad militar de la guerrilla', dijo a este periódico el analista León Valencia. El mayor temor de este ex guerrillero es el anuncio del recorte de las libertades individuales anunciado ya por el vicepresidente Francisco Santos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de agosto de 2002